miércoles, abril 17, 2024
Espiritualidad

Origen y desarrollo de la mística cristiana

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¿Cuando y quién comienza la mística cristiana?

La génesis de la mística cristiana es tan ancestral como el propio cristianismo, ya que es Jesús mismo quien, a través de su vida y sus parábolas, desafía la tradición ascética judía para explorar la mística (1). Este proceso instaura una nueva forma de relación con lo divino al centrarse en la experiencia humana trascendental de lo divino, culminando en la unión con Dios. Este método, que define el misticismo en diversas religiones y espiritualidades, ya sea como telos en Dios, Nirvana, Tao, Atman o en cualquier plano superior de iluminación, consciencia o existencia.

A pesar de la solidez del mensaje místico de Jesús, el cristianismo ha establecido una dicotomía entre lo místico y lo ascético desde los tiempos de la patrística (2). Esta distinción considera lo ascético como la rama teológica que persigue la unión con Dios a través de la práctica de virtudes, renuncia y privación. Es decir, se enfoca en trabajar en el ámbito de la ética, moral y costumbres con el fin de alcanzar el reino de Dios después de la trascendencia. Esto no excluye la existencia de un mensaje moral, directrices conductuales y el llamado a ciertos sacrificios en la doctrina de Jesús, pero subraya que la experiencia mística prevalece sobre la rutina y la costumbre en la conexión del ser humano con Dios. Aunque el cristianismo posteriormente se ha inclinado más hacia la formación ascética de las personas (lo exotérico) en comparación con la introducción a la experiencia mística (lo esotérico).

No obstante, a lo largo de la evolución histórica del cristianismo, que ha adoptado diversas corrientes y generado resultados variados -fundamento de los sentimientos encontrados hacia la doctrina de Jesús- la mística ha mantenido una línea de investigación en la que han surgido diversos exponentes. Ya en el siglo II, los Padres de la Iglesia (también conocidos como apologetas) comenzaron a teorizar sobre la mística. Influenciados por la filosofía neoplatónica y estoica, utilizaron esta base apologética para fundamentar la mística dentro del contexto cristiano. El filósofo y teólogo medievalista Étienne Gilson así lo describe:

«El siglo II después de Jesucristo es una época de intensa fermentación religiosa. Se exploran todos los enfoques y formas en busca de los medios que conduzcan a la anhelada unión del alma con Dios. La mera comprensión filosófica de la existencia de Dios y de lo que razonablemente se puede afirmar sobre Él ya no es suficiente; se anhela ahora una gnosis, una experiencia unificadora y divinizadora que permita alcanzar una conexión personal y real con Él.» (3)

El siglo II de la era cristiana representa un período de gnosis y conocimiento espiritual a través de la experiencia. Teólogos como Orígenes o Gregorio de Nisa, a menudo referido como el «padre de la mística», dieron forma a estas inquietudes, inaugurando una línea de reflexión cristiana que luego encontraría sucesores y otros teólogos que profundizarían aún más en la mística cristiana. A pesar de que el término «gnosis» implica conocimiento, la mística gnóstica del siglo II aboga por un conocimiento negativo. Para alcanzar a Dios, se requiere liberarse del conocimiento filosófico y liberarse de los prejuicios filosóficos que obstruyen el reino de la espiritualidad, con el fin de experimentar una unión auténtica con lo divino.

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La Mística Cristiana en la Europa Medieval

El surgimiento de la mística cristiana en la Edad Media europea presenta una fascinante trayectoria de transformación espiritual y desarrollo filosófico. El siglo VI se caracteriza por la aparición de los escritos atribuidos a pseudo-Dionisio Areopagita, una figura envuelta en la controversia debido a su inicial asociación con el discipulado de San Pablo en el Aeropago de Atenas (4).

Aunque se ha demostrado que vivió varios siglos después de la era de Cristo, sus trabajos, recopilados como el «Corpus Dionysiacum», exhiben una marcada influencia del pensamiento neoplatónico. Destaca particularmente su obra «De mística theologia», donde se manifiestan influencias de sus predecesores, específicamente de la filosofía patrística. Gracias al reconocimiento de los escolásticos y el respaldo del maestro Eckhart (5), sus enseñanzas resonaron profundamente entre los místicos alemanes y flamencos del siglo XII, así como en los españoles del siglo XVI, entre los que se destacan Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

La Mística Cristiana en el Renacimiento

El siglo XV presenció un cambio en la relevancia de la mística en el panorama cristiano. En este período, la devoción conocida como «Devotio moderna», con raíces en Flandes, emergió como un paradigma de vida acorde a los principios cristianos, caracterizado por una existencia ascética.

Sin embargo, en España, que desempeñaba un rol central en el mundo católico durante el inicio de la Edad Moderna, surge Santa Teresa de Jesús como una figura que revitaliza la mística con una nueva perspectiva. Propone un itinerario espiritual que se adentra en una serie de «moradas» o «castillos» alcanzables a través de la oración. Estos recintos interiores, en número de siete, culminan en el «telos», representado por la ascensión al Monte Carmelo, un apogeo de la experiencia mística y gnóstica.

En esta travesía, el sufrimiento, la angustia y el temor, encapsulados en la «noche oscura», se convierten en moneda de cambio para la consecución de la comunión del alma con Dios. En este contexto, la humanidad de Jesucristo adquiere una relevancia significativa, mientras Santa Teresa promueve la veneración de su humanidad y destaca la teología del conocimiento o desconocimiento de Dios. En esencia, esto refleja la lucha interna de la duda en relación con la existencia divina.

A pesar de las vicisitudes del dolor y el sufrimiento, para Santa Teresa la unión con Dios a través de un éxtasis espiritual se convierte en un fenómeno místico capaz de subyugar la voluntad humana. Esta experiencia la describe detalladamente en sus memorias:

«Vi un ángel a mi lado izquierdo, en una forma corporal… No era grande, sino pequeño, de una gran belleza, con un rostro tan radiante que parecía pertenecer a los ángeles más elevados, quienes parecen estar siempre en llamas… Sostenía en sus manos una larga flecha de oro, y en la punta del hierro parecía haber una pequeña brasa. En ocasiones, parecía clavármela en el corazón, alcanzando incluso las profundidades de mis entrañas. Al retirarla, sentía que me llevaba consigo, dejándome abrasada en un profundo amor por Dios. El dolor que experimentaba era tan intenso que me hacía soltar gemidos, pero la dulzura extremadamente intensa de este dolor me llevaba a desear que nunca se fuera. Mi alma no encontraba satisfacción en nada más que en Dios. Este no era un dolor físico, sino espiritual, aunque el cuerpo también participaba en cierto grado, y de manera considerable. Era una interacción tan suave que transcurría entre el alma y Dios, y yo rogué a Su bondad que permitiera a aquellos que dudaran de mi testimonio experimentar esta sensación… Durante los días en que esto duró, me encontraba como absorta, sin desear ver ni hablar, sino solamente consumirme en mi pena, que para mí representaba una gloria mayor que cualquier logro material.» (Vida de Santa Teresa, cap. XXIX).

La contribución de Santa Teresa de Jesús al corpus de escritores cristianos es innegable, elevándola a un estatus de prominencia dentro del mundo cristiano. Su experiencia mística ha sido reconocida no solo por católicos, sino también por eruditos interesados en la gnosis y la mística de diferentes tradiciones cristianas y religiosas. Su introspección respecto al itinerario hacia la iluminación, así como su habilidad para comunicarlo, tanto en sus poemas como en su obra «Las moradas» o «Castillo interior», confiere verosimilitud al universo espiritual, incluso para aquellos más inclinados al escepticismo.

A la figura de Santa Teresa, hay que añadir la de San Juan de la Cruz (1542-1592) un destacado místico y poeta del Siglo de Oro español, dejó una huella profunda en la historia del pensamiento religioso y literario. Su vida y obra están íntimamente ligadas a la figura de Santa Teresa de Jesús, con quien compartió una profunda amistad y una búsqueda común por una experiencia espiritual más profunda.

San Juan de la Cruz ingresó en la orden de Las Carmelitas siendo joven. Su encuentro con Santa Teresa de Jesús marcó un hito en su vida. Ambos compartían una visión de la espiritualidad basada en la contemplación, la renuncia y la búsqueda de una unión íntima con Dios. Esta relación, que comenzó en 1567, culminó en la fundación de la rama masculina de la Orden Carmelita Descalza, enfocada en la reforma y la búsqueda de una vida austera y contemplativa.

La contribución más distintiva de San Juan de la Cruz reside en su obra literaria y poética. Su «Noche Oscura», «Cántico Espiritual» y «Llama de Amor Viva» son poemas trascendentales que exploran las etapas de la búsqueda espiritual y la unión con lo divino. A través de un lenguaje poético rico en simbolismo, San Juan de la Cruz expresa las profundas luchas y éxtasis del alma en su viaje hacia Dios. Su poesía refleja la influencia de la poesía mística y amorosa de la época, pero la eleva a un plano espiritual y teológico más elevado.

La mística de San Juan de la Cruz se centra en la idea de la «noche oscura», un período de aridez espiritual y purificación interior en el que el alma se despoja de sus apegos terrenales para unirse más plenamente con Dios. Esta etapa de oscuridad y desnudez espiritual, aunque dolorosa, es vista como esencial para la transformación interior y la unión mística con lo divino.

La relación entre San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús no solo fue colaborativa en términos religiosos, sino también en la escritura. Ambos compartieron experiencias místicas y se apoyaron mutuamente en sus búsquedas espirituales. Aunque su amistad a veces estuvo marcada por desafíos y oposiciones internas en la Orden, su legado conjunto ha influido en la espiritualidad cristiana y en la literatura religiosa hasta la actualidad.

La Mística en la Edad Moderna

A partir del siglo XVII, la evolución de la mística cristiana experimentó transformaciones significativas que reflejaban los cambios culturales y religiosos de la época. Durante la Edad Moderna, la mística se diversificó y se adaptó a las circunstancias cambiantes de la sociedad. En este período, los místicos cristianos continuaron explorando las profundidades de la relación entre el ser humano y lo divino, pero lo hicieron a la luz de nuevos contextos y perspectivas.

Uno de los desarrollos más notables en la mística de la Edad Moderna fue la aparición de figuras como Santa Margarita María de Alacoque y San Juan Eudes, quienes promovieron la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción buscaba unir la espiritualidad mística con la devoción al corazón de Cristo como símbolo del amor divino. Aunque la base mística seguía presente, la forma en que se expresaba se adaptó a la sensibilidad religiosa de la época.

Mística en la Edad Contemporánea

La mística cristiana continuó su evolución en la Edad Contemporánea, en un mundo caracterizado por el surgimiento de movimientos intelectuales, sociales y políticos. En este contexto, la mística enfrentó desafíos y oportunidades únicas. Figuras como San Pío de Pietrelcina (Padre Pío) y Santa Teresa de Calcuta personificaron la mística en acción, integrando profundas experiencias de unión con Dios con un compromiso práctico y activo en el mundo.

En este período, la mística cristiana también se entrelazó con la espiritualidad ecuménica y el diálogo interreligioso. La apertura al entendimiento y el respeto mutuo entre diferentes tradiciones religiosas permitió un enriquecimiento mutuo en la exploración de lo divino. Los místicos contemporáneos como Thomas Merton y Bede Griffiths exploraron las convergencias entre la espiritualidad cristiana y las tradiciones orientales, abriendo nuevas vías para la comprensión y la experiencia mística.

A medida que el mundo entraba en los siglos XX y XXI, la mística cristiana siguió siendo una fuente de inspiración y exploración espiritual. La globalización y la revolución tecnológica amplificaron las voces de los místicos y permitieron que sus enseñanzas trascendieran las fronteras geográficas y religiosas. Figuras como Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, enfatizaron la unidad y la fraternidad como aspectos centrales de la experiencia mística, reforzando la idea de que la conexión con Dios se refleja en la relación con los demás.

La mística cristiana en los siglos XX y XXI también se ha nutrido de la exploración psicológica y científica de la espiritualidad. La conexión entre la neurociencia y la experiencia mística ha sido objeto de estudio, arrojando luz sobre los procesos cognitivos y emocionales detrás de las experiencias de unión con lo divino.

Notas

  1. «Mystiké,» palabra de origen griego que significa «misterioso» o «secreto.»
  2. La patrística se refiere al periodo del cristianismo que abarca desde el siglo II hasta el siglo VI, en el que los Padres de la Iglesia y los Doctores de la Iglesia consolidaron la doctrina de Jesús.
  3. ÉTIENNE GILSON, «La filosofía en la Edad Media,» Gredos, Madrid, 1958, pp. 36.
  4. Literalmente, Monte de Ares, utilizado en Atenas desde la época Arcaica como una especie de parlamento donde se tomaban las decisiones más importantes en Grecia. Con el paso de los siglos este lugar fue perdiendo importancia y en el tiempo Pablo de Tarso, hacía las veces de tribunal. En él presentó el discípulo cristiano su fe a los griegos.
  5. Eckhart de Hochheim O.P. (Turingia, c. 1260 – c. 1328), primero de los místicos renanos que tuvo una gran influencia en la mística posterior.

Fuentes

ÉTIENNE GILSON, La filosofía en la Edad Media, Gredos, Madrid, 1958.

Opiniones

Jesús Sordo Medina

Programador informático, redactor y director de homohominisacrares.net