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Capítulos del libro:

1. Introducción - Historia de Ruanda.
2. La Guerra de Ruanda de 1990 A 1994.
3. Preparación del Genocidio.
4. Misión UNAMIR y los meses anteriores al genocidio.
5. Asesinato del Presidente Habyarimana.
6. El genocidio.
7. Reacciones internacionales ante el genocidio.
8. Los refugiados.
9. ¿Qué ocurrió con los Twa durante el genocidio?
10. El General Romeo Dallaire.
11. Tribunal Penal Internacional de Ruanda.
12. La visión africana del genocidio.
13. Notas finales.
14. Bibliografía.

 

La Guerra de Ruanda de 1990 a 1994

guerra entre el frente patriótico ruandés y antecedentes del genocidio

 

Guerra de RuandaEl FPR, liderado por uno de sus fundadores, Fred Gisa Rwigema, (1) se internó en Ruanda a través de las regiones de Mutara en dirección sur con unos 2.000 soldados, iniciando la Guerra de Ruanda. El armamento y los uniformes pertenecían al ejército ugandés por lo que el régimen de Kigali acusó a Museveni, presidente de Uganda, de estar detrás de la invasión, algo que el líder del NRA desmintió acusando al FPR de haber robado el material militar. Fuera como fuere, la incursión no prosperó. Habyarimana había enviado 5.200 soldados al norte y el 7 de Octubre de 1990 se produjo una contra-ofensiva en la que el régimen de Kigali contó con el apoyo militar y logístico de Francia, que junto a Egipto y Sudáfrica, comenzaron a vender armas al país. Pronto consiguieron que el FPR se replegara a la cordillera selvática de Virunga, donde el Frente Patriótico Ruandés se re-organizó al comprobar que el enfrentamiento podría ser largo.

En esta época, apareció un nuevo líder en el FPR, el tutsi Paul Kagame, exiliado en su juventud de Ruanda y formado militarmente en el NRA, donde llegó a convertirse en subdirector de inteligencia militar, y en la Academia de Mandos y Personal del Ejército de Estados Unidos, en Kansas. Junto a él, se eligió como presidente del FPR a un hutu del norte de Ruanda y opositor a Habyarimana, el Coronel Alexis Kanyaregwe.

Autor del artículo: Jesús Sordo Medina

Jesús Sordo
Autor del artículo

El conflicto pronto cobró un papel destacado en la agenda internacional de los países occidentales y de las propias Naciones Unidas. Por un lado, los aliados naturales de Ruanda, Francia y Bélgica, además del país vecino perteneciente al área de la francofonía, el Zaire, enviaron tropas de apoyo a Kigali al ver cómo el régimen (y sus intereses en la zona) se veían amenazados por otro bloque compuesto por Uganda, el FPR, los Estados Unidos y Gran Bretaña, que buscaban aumentar su presencia en la zona. Entre unos y otros, se encontraban las Naciones Unidas, que poco podían hacer ante la intromisión de países occidentales tan poderosos. Mientras, en el interior del país, sobre todo en Kigali, la situación empeoró aún más. La amenaza del FPR llevó a muchos hutus partidarios de Habyarimana a pensar que les impondrían de nuevo una monarquía dictatorial y la etnia tutsi volvería a socavar todo el poder. De hecho, militares franceses iban aún más lejos y veían en la invasión un plan promovido por el presidente ugandés Museveni para establecer un «imperio tutsi» en la zona de los Grandes Lagos. Este hecho, tuvo un efecto negativo en la región que derivó en la detención de tutsis por todo el país, cometiendo la matanza de 300 de ellos en Gisenyi. En el otro bando, el del Frente Patriótico Ruandés y sus aliados, se alegaron diversas razones para justificar la invasión: conseguir la repatriación de los exiliados, establecer un gobierno multicultural y democrático, eliminar los carnets étnicos, revitalizar la economía y acabar con la corrupción. Aquellas peticiones formaron parte, tiempo después, de la hoja de ruta de los Acuerdos de Arusha.

Estas razones convencieron poco o nada a países como Francia, que no estaba dispuesto a permitir que su aliado en la zona perdiera el poder en favor del FPR y pusiera sus intereses en peligro. El propio presidente francés de entonces, François Mitterrand, había colocado a su hijo, Jean-Christophe, al frente del gabinete para asuntos africanos del Eliseo. En pocas semanas, el conflicto aumentó y Habyarimana buscó más apoyo armamentístico, soporte que encontró en el país de Egipto. El embajador ruandés Célestin Kabanda pidió al entonces Ministro de Estado para Asuntos Exteriores de Egipto, Boutros Boutros-Ghali, que intercediera ante su gobierno para la autorización de la venta de armas a Ruanda. Aunque estas negociaciones se mantuvieron en secreto, conociéndose años después, y pese a la negativa inicial de Egipto de suministrar armamento a Ruanda, finalmente, el suministro se produjo por un importe 5.889 millones de dólares (2) con Boutros Boutros-Ghali como catalizador, el mismo político que un año después, en 1992, se convertiría en Secretario General de las Naciones Unidas. Así nos lo cuenta la autora Linda Melvern, quien pudo conseguir las copias de los documentos de estas negociaciones abandonadas en la embajada de Ruanda en el Cairo cuando estalló el genocidio.

Pero lo más terrible de todo obedece al hecho de que en los siguientes 3 años, Ruanda se convirtió en el tercer comprador de armas de África; un país de menos de 8 millones de habitantes gastó más de 100 millones de dólares en la compra de armamento, mientras que hasta ese año, la comunidad internacional, con la Comunidad Europea y Estados Unidos como principales inversores, había destinado 216 millones de dólares para el desarrollo socio-económico del país y la ayuda a las víctimas de la guerra en un plan dirigido por el FMI y el Banco Mundial llamado Programa de Ajuste Estructural (PAE). (3)

A juzgar por los acontecimientos posteriores al inicio de la guerra, toda la ayuda prestada no sirvió para otra cosa que recrudecer el conflicto; la adquisición de rifles de asalto Kaláshnikov por parte del ejército del régimen ruandés y el aumento de los efectivos militares a un total de 28.000 hombres, da una idea de a dónde iba a parar todo el dinero. A todo esto, como contrapunto, Bélgica, a través de su primer ministro Wilfried Martens, a las pocas semanas del inicio de las hostilidades, organizó unas conversaciones de paz en Nairobi, capital de Kenia, que contaron con la presencia de Habyarimana, el presidente ugandés Yoweri Museveni y el anfitrión y presidente tanzano, Ali Asan Mwinyi. Tras estas reuniones se acordó un alto el fuego entre el FPR y el gobierno ruandés que sin embargo no se logró. De hecho el conflicto fue a peor. En el interior del país, las fuerzas de seguridad y ciudadanos partidarios del régimen intensificaron aun más los ataques a ciudadanos tutsi y hutus moderados y en el norte, el FPR aumentó la actividad de su guerrilla atacando posiciones hutu. En Kigali, ante el avance del Frente Patriótico Ruandés, se ordenó el encarcelamiento de 5.000 personas acusadas de colaborar con el FPR en territorio ruandés. Si los rebeldes se acercaban más a la capital, estos rehenes serían ejecutados. Las presiones internacionales obligaron a la liberación de la mayoría de los detenidos, si bien, tras aquella liberación, se pudo comprobar que la mayoría de los prendidos poseían claros signos de haber sido torturados. Tras estos hechos se produjeron dos altos el fuego (el último en febrero de 1991), lo que dio un respiro a todos y provocó que muchos albergaran esperanzas de que el problema ruandés se había encauzado definitivamente.

Sin embargo, la venta de armas a Ruanda no cesaba, pese a las denuncias de intelectuales y miembros de las Naciones Unidas. Entre los años 1990 y 1992, numerosas informaciones alertaban de que el gobierno de Habyarimana utilizaba a la red secreta akazu, líderes provinciales y milicias formadas por jóvenes hutus afines al régimen, para promover el asesinato de ciudadanos tutsis y opositores. La organización para la Defensa de los Derechos Humanos en Ruanda (ADL) utilizó por primera vez el término genocidio para calificar las masacres de tustis que tuvieron lugar en las ciudades de Gisenyi y Ruhengeri, al norte del país. Otras poblaciones como Bugesera sufrieron la misma suerte y en enero de 1991 los bagogwe, un subgrupo tutsi norteño, fueron atacados brutalmente.

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Notas


(1)LINDA MELVERN, Un pueblo traicionado, Intermón Oxfam, Barcelona, 2000, pp 56.
(2)LINDA MELVERN, Un pueblo traicionado, Intermón Oxfam, Barcelona, 2000, pp 60.
(3)Human Rights Watch, Arm Project, vol-6, nº 1, enero de 1994.

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