Revista hispanoamericana: artculos actualidad, cultura, ciencias, ecologa y Derechos Humanos.

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Manuel Ruiz Rico

Por Manuel Ruiz Rico, Addis Abeba

El suculento negocio en el país de las hambrunas

CRÓNICAS


 

Son conocidos como los piratas somalíes, sin embargo, el término piratas les confiere unas connotaciones que resultan engañosas. Se trata de un negocio basado en el crimen organizado no exento de cierta sofisticación. El tablero donde este negocio desarrolla sus partidas está muy definido: las aguas internacionales del Cuerno de África, con unas características extremadamente singulares. En tierra, Somalia, un país sin gobierno, extremadamente pobre e inseguro. En alta mar, el universo sin ley. Los dos ingredientes ideales para urdir un entramado que genera unos 200 millones de euros al año de media. A la cabeza de estos negocios hay nombres y apellidos, conocidos en muchos casos pero que se ocultan Somalia adentro.

La comunidad internacional dio un paso adelante sin ambages para combatir la piratería somalí en 2009, cuando la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC, en sus siglas en inglés) creó el Programa Contra la Piratería, que surgió inicialmente para ayudar a un país, Kenia, en la lucha contra este problema, cuya cuna era y es Somalia. Más tarde se fueron uniendo más países, que son los principales vecinos afectados: Seychelles, Islas Mauricio, Tanzania y Las Maldivas.

El saldo hasta ahora ha sido elevado en detenciones, si bien apenas se trata de parches para atajar un problema de tal magnitud que su solución pasa exclusivamente por reparar la situación de Somalia. Como indica la UNODC en uno de sus últimos informes, «la raíz de la piratería se encuentra en tierra, en Somalia, y afrontarlas requiere resolver la seguridad del país [en guerra civil desde hace dos décadas y con un gobierno apenas ceñido a Mogadiscio, la capital. Junto a esto, la piratería es muy lucrativa y cualquier opción económica para los somalí es funesta, de ahí que los incentivos de la piratería sean obvios». Ésa es la dualidad a la que han de acogerse muchos somalí e s: o arriesgar la vida en el alta mar y afrontar la posibilidad de ser rico si logran un secuestro jugoso o seguir en tierra y afrontar una vida sin ningún futuro, en la extrema pobreza y en medio de la guerra civil» La balanza se inclina fácilmente.

Según un informe recientemente publicado por Chatman House, en cada secuestro participan unas cien personas (la mitad de ellas en el mar), que ingresan entre 690.000 y tres millones de dólares por rescate. Las compañías que logran finalmente rescatar sus barcos pagan por dos motivos: uno, para que la tripulación sea liberada sana y salva; y dos, y sobre todo, porque es más barato pagar a los piratas que perder el barco y su carga.

Los piratas somalí es a la cabeza, los que han montado el negocio, son como inversores a gran escala: invierten en barcos que pescan barcos y secuestran su tripulación y su carga. Así que pagan a cientos de personas para que se echen al mar armados con el objetivo de secuestrar cualquier cosa que navegue por alta mar. Si finalmente cazan algo, y han llegado a secuestrar hasta petroleros, toca botón. La mayor parte se la lleva el pirata inversor, pero también hay tajada para el resto, para los que han arriesgado sus vidas en alta mar y han ejecutado la caza y el secuestro. Muchos de ellos, cuando vuelven a tierra, se convierten en piratas con su propio negocio.

Según el informe de Chatman House, que habla, literalmente, de «industria pirata, un 40% de los ingresos de la piratería sirvieron en 2010 para financiar empleo local, ingresos que incluso, señala el documento, tienen un efecto positivo en contrarrestar la inflación: «Los precios del arroz en los mercados regionales de Somalia han, si acaso, caído como consecuencia de la piratería, sobre todo porque los piratas, paradójicamente, aportan estabilidad política, comercial y económica en esas zonas y porque el mercado del arroz aprovecha su infraestructura para transportar la mercancía, sobre todo, porque los camiones que han comprado los piratas están siendo usados ahora para transportar productos como el arroz.

En cuanto a la comunidad internacional, el coste estimado de la piratería cada año oscila entre los 7.000 y los 12.000 millones de dólares (más de 30 países tienen barcos de guerra en la zona).

Otro problema añadido, que afecta a los países del entorno somalí, es la cantidad ingente de piratas que abarrotan sus cárceles, a veces hasta límites que comienzan a ser insostenibles. Hay cárceles al borde del colapso en Seychelles, Mauricio, Kenia... La comunidad internacional está invirtiendo en nuevos centros penitenciarios, pero se volverán a llenar una y otra vez, de modo que el problema parece no tener solución.

En su informe de septiembre/octubre de 2011, la UNODC señala que «no sólo no hay suficiente espacio para los piratas somalí es detenidos sino que a largo plazo los gobiernos y UNODC están de acuerdo en que, como todos los prisioneros, los piratas somalí es deberían cumplir su sentencia en su propio país, en su cultura y con acceso a las visitas de su familia; sin embargo esto no es posible, reconoce el documento, debido a la mala situación de las cárceles somalíes.

Según detalla el director ejecutivo de UNODC, Yuri Fedotov, en la página web del organismo, «hay más de mil personas actualmente detenidas por piratería en 19 países y las sentencias son generalmente desde los cinco a los 20 años, aunque hay algunas superiores a los 33 años». «Está claro, asegura, «que la única solución viable a largo plazo es restaurar el orden y la ley en Somalia, incluyendo sus aguas.

Firma Manuel