Cumplir la ley y hacer cumplir la ley

El 20 de septiembre de 2012, Cáritas España cuantificó en un millón las personas bajo el umbral de la pobreza, una nuevo estrato social sin el amparo más que de ONGs. España se llena de hombres y mujeres pobres. Mientras, por otro lado, nos hacen saber que empresas como Zara, abre nuevas tiendas en el extranjero, que empresas españolas construirán la Alta Velocidad en tierras mahometanas, y que algunos bancos, pese a todo, sigue aumentando su cartera de clientes y sus beneficios: ricos que se hacen más ricos y pobres cada día más pobres.

El gobierno del Partido Popular liderado por Mariano Rajoy afirma que seguirán los recortes hasta finales del 2013 y aumentará el paro (para entonces nos encontrará con una mísera lata de sardinas en nuestra despensa). Dice que es lo que hay que hacer, no hay más opciones, aunque ya se empieza a ver con claridad que lo que hay que hacer es lo que dice la poderosa Alemania -que decide lo que es ser un socio serio-, y que esa seguridad a la hora de decirnos lo que hay que hacer no se corresponde con una clara certeza en los resultados.

Curiosa actitud ésta de los populares que hace no mucho cuando el gobierno argentino nacionalizó la franquicia de Repsol YPF en Argentina, se les llenaba la boca de ¡España! ¡España! y cuando entran en contacto con la Canciller Merkel asienten a cabezadas e implementan las medidas articuladas desde Berlín. No quisiera creer que el Partido Popular quiere para el pueblo español la misma sumisión que ellos muestran ante los países que tienen más dinero que el nuestro. Aunque hay gente que piensa que aquel que se somete a su superior reclama lo mismo de los que considera inferiores.

Claramente, el desarrollo socio-económico de hoy separa cada vez más a los ricos de los pobres. Los ricos: bien formados, con capital para emprender; la mayoría vinieron al mundo con un pan debajo del brazo y claro, para ellos es fácil decirle a la gente que hay que hacer esfuerzos ¡sabrán ellos lo que es el esfuerzo bajo el yugo de la pobreza! Mientras, los pobres, (cada vez más), empiezan a sacrificar los estudios de sus hijos, mendigan un trabajo, que sea digno o no ya da igual, y se frustran al pensar que su futuro, a corto y medio plazo, será un “no llego a fin de mes” o “me veo en la calle”.

Leí el otro día en la red que “tenemos lo que nos merecemos”, y en parte es verdad. Tras la Spanish Revolution y todas aquellas esperanzas de producir un cambio cualitativo en la situación democrática de nuestro país, el Partido Popular alcanzó el poder, y con una amplia mayoría. Esos votantes legítimos pensaron que Rajoy y su partido iban a colocar a España a la cabeza de los países desarrollados. Hoy, queda demostrado que no es así. Ese engendro aritmético llamado Prima de Riesgo, de cuyas cifras empezamos a depender todos, durante los dos últimos meses, ha estado en sus máximos, incluso muy superior al mismo cálculo en tiempos de Zapatero.

¿Realmente debemos creernos el “mantra” popular de que lo que hacen es lo que hay que hacer?

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Decía Labordeta algo así como que la misión del político no es la de acceder al sistema público para labrarse un futuro sino para sacrificarse por el pueblo. Bien, de todas esas promesas de reducir el número de diputados en la Asamblea de Madrid, reducir duplicidades en la administración o exigirles a los banqueros sacrificios ¿qué ha quedado? Pareciera que aquellas cosas se decían para calmar a la población, a sabiendas de que no se iban a cumplir.

A los ciudadanos se nos acumulan los problemas, además de los “bancos malos”, Comunidad Europea uniformada a un solo criterio, el de Alemania, tenemos una clase política al menos dudosa en eso de acompañar los sacrificios. Y no valen excusas como “bueno, hay de todo en política” o “sí, a lo mejor no hemos sabido hacer esto o aquello”.en la política no hay ningún pobre, todo lo contrario, el arco parlamentario está lleno de gente acomodada. O si no, comparen sueldos (de políticos y el millón de pobres, según Caritas, por ejemplo), proyección profesional de los propios políticos si dejaran esa actividad, etc., etc.

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Pero lo más grave de todo tiene que ver con la educación, daño que no se repara en un lustro, sino en generaciones. El hecho de que muchos jóvenes no puedan acceder a la universidad porque sus padres o ellos mismos no tengan trabajo, puede ser la causa de una escisión trágica entre el hombre rico y el hombre pobre. Una persona sin formación académica (exceptuando algún “crack” autodidacta) lo va tener muy complicado para poder acceder al mercado laboral y si lo hace ¿a qué podrá aspirar? ¿A directivo del Departamento de Desarrollo en una importante empresa informática? Obviamente no. El filtro del curriculum no le dejará ni pisar el área de administración y tendrá que optar por el sector servicios, auxiliares, servicios generales, etc.

Ante esto, algunos pueden pensar, “bueno no todo el mundo tiene que doctorarse”. Claro que no, lo debe hacer el que elija ese reto académico, pero la cuestión es que todos puedan elegirlo o no, y no solo los que tengan capacidad económica.

A estas alturas, ya nos queda claro que en España, la cosa va de ricos y pobres y eso de la clase media y de acceso al bienestar, un mito. Y tengo que decir que estoy convencido de que una importante masa de la sociedad española liderada por el Partido Popular, en lo más recóndito de su conciencia social, prefiere un sistema clasista donde unos, los ricos, decidan el futuro de los otros, los pobres.

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Luego se quejan los populares de que les llaman franquistas y fascistas, pero es que viendo los vídeos de la entrada de los anti-disturbios en el bar de la calle Quevedo pues a uno le da por pensar en aquella policía franquista (los grises) que entraban en cualquier sitio, incluso iglesias, armados hasta los dientes buscando rojos. Y como estas actuaciones no son para nada de un país democrático (que se pensarán los policías que van a encontrar en esos bares: ¿terroristas?), la cargas se hacen de forma indiscriminada, es decir, contra cualquier manifestante o simplemente viajero de cercanías (véase las cargas en Atocha) y las órdenes de sacar la porra a la mínima llegan desde arriba, es decir, desde el Ministerio del Interior; pues lo de la calificación de franquista no es tan descabellado, sino más bien apropiado.

Ahora bien, ¿a qué se debe esta actitud del Ministro de Interior? No olvidemos que hoy, 2 de octubre, nuestro ministro condecora al policía que dirigió el 25S. Pues bien, tiene toda pinta de que, dados los recortes que se están produciendo en la policía, al Ministro de Interior no le queda otro remedio que “hacer la pelota” a los policías para conservar su lealtad y que no se le subleven también.

Además de esto, y es la parte más triste, tenemos la eterna deficiencia democrática en el pensamiento y acción del Partido Popular. Cuando todo va bien, todos somos espléndidos. Sin embargo, cuando las cosas se ponen mal, como ocurre en la España hoy, pues ahí se ve la catadura democrática y política de cada uno. Los populares, aunque se les llene la boca de democracia, no son esencialmente demócratas, y ocurre que muchos de ellos no lo saben. Me explico. El Franquismo, entre otros males, trajo o profundizó en la ciudadanía esa falta de pensamiento crítico que fundamenta las sociedades democráticas. Esa falta de criterio propio, de rebeldía ante lo injusto se sustituyó, durante el Franquismo, por algo que podemos llamar: costumbre; costumbre a la hora de votar, costumbre a la hora de no meterse en política, o costumbre a la hora de pensar y decir. Desde luego, un España sin un ápice de filosofía o razón.

Siguiendo este razonamiento, si los populares se dicen hoy demócratas se debe a que es lo que toca ahora, o mejor, lo que les han dicho qué toca ahora. Y entiéndase que ese viaje al centro del PP estaba dirigido por el fallecido Fraga Iribarne y José María Aznar, los cuales convencieron a sus votantes y políticos populares de que ahora había que ser democráticos, por la vía liberal. Es decir, el Partido Popular no llegó a comprender la democracia por haberla defendido o luchado por ella, sino que la asumió porque era lo que tocaba, lo que los otros países a los que admiraba hacían.

¿Y por qué sacamos a colación todo esto? Pues porque pese a esa solidez democrática que los populares reclaman para sí mismos, se les ve el plumero cuando tienen que lidiar con el respeto a los derechos de la ciudadanía, los cuales también emanan de nuestra Carta Magna. Es sencillo, para hacer cumplir la ley (que los ciudadanos cumplan con sus deberes), se les ve con más maestría y sacan rápido la porra si no es así. Pero cuando toca conservar el temple y mantener el equilibrio entre hacer cumplir la ley y el derecho a manifestarse (que también es ley, en este caso para que la cumpla el gobierno), hacen la vista gorda y mandan a las fuerzas de seguridad a las calles, quienes ya no hacen distinción entre alborotador y violento en una manifestación, manifestante pacífico y conocedor de sus derechos y obligaciones o simplemente alguien que viene de trabajar, ya sea por el Paseo del Prado o un viajero en la estación de Atocha.

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Jesús Sordo Medina

Programador informático, redactor web y escritor.

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