Liberalismo, capitalismo y neoliberalismo
Revista iberoamericana sobre actualidad, cultura, ciencias, ecologa y Derechos Humanos.

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Liberalismo, capitalismo y neoliberalismo

Por Jesús Sordo Medina | 2011-02-23


El pensador John Locke u el inicio del liberalismo"Y no le falta razón -al ser humano- cuando procura y anhela unirse en sociedad con otros que ya lo están o que tienen el propósito de estarlo, para la mutua preservación de sus vidas, libertades y haciendas, a todo lo cual me vengo refiriendo con el término general propiedad.", John Locke



Liberalismo intelectual y filosófico, bases para un liberalismo ético-político

El principal objetivo y significado de la palabra liberalismo es la libertad del individuo; libertad ante cualquier tipo de opresión -religiosa, militar, estatal o de conciencia-, libertad para la emancipación económica y social y libertad para el desarrollo intelectual. Estas nobles aspiraciones eran las de los humanistas cristianos de los siglos XV y XVI que, además de la doctrina de Jesús, rescataban a los clásicos griegos, sobre todo en los aspecto ético-políticos, para contrarrestar las injusticias del absolutismo de entonces representado por la iglesia, el estado y el ejército. Así, en un principio, las aspiraciones en la defensa de lo individual y lo social no estaban enfrentadas, como ahora parecen estarlo en los discursos neoliberal y social-democrata. Además, este liberalismo estaba relacionado con actitudes nobles para nada codiciosas y egoístas,; comportamientos éstos que parecen asomar de entre las premisas antropológicas de los neo-liberales y capitalistas de siglos posteriores.

Pero volviendo a los principios humanistas, decir que éstos calaron pronto en filósofos, políticos y economistas del siglo XVII que desarrollaron teorías sociales que fundamentaron a las primeras democracias occidentales.

Locke (1632-1704): liberalismo ético y político

Hemos citado a los clásicos griegos (socrático-platónicos y aristótelicos) como fundamento principal de las posiciones de los humanistas cristianos del Renacimiento. En lo concerniente al terreno político hay que recordar dos obras fundamentales: La República de Platón, que inspirará los escritos utópicos de Tomas Moro, Campanella, etc., y Política de Aristóteles, donde el de Estagira, en su Libro Sexto, nos habla de la democracía y la oligarquía y de la existencia de tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial (1). Así, como ocurre cuando hablamos de ética y política, y sobre todo de ética-política, debemos tener en cuenta a los pensadores griegos, los cuales prestan su pensamiento a los renancetistas y éstos, a pensadores como el británico John Locke. La posición de Locke que da inicio al liberalismo ético y político se encuentra en dos escritos: Carta sobre la tolerancia (1690), una crítica al absolutismo de entonces y a la idea de una monarquía de derecho divino, y Dos tratados del gobierno civil, donde trata del origen y objetivos de un gobierno civil y liberal.

Tanto en el terreno moral como en el político, Locke parte de una concepción humanista y libertaria del ser humano: el hombre es capaz de comprender sus deberes morales y la responsabilidad de acatarlos, lo que le convierte en un ser racional. Y los principales derechos y deberes, nos explica Locke, son: la vida, la libertad y la hacienda, a los cuales Locke se refiere como propiedad (2). Es decir, el derecho/deber a la propiedad se desglosa en derecho/deber a la vida, a la libertad y a la posesión de hacienda en función siempre del trabajo desarrollado -Locke relaciona trabajo y valor de la hacienda-. Por ello, la sociedad que propone Locke y que contentaría las aspiraciones naturales de los hombres es una sociedad donde el derecho a la propiedad -vida, libertad y hacienda en función del trabajo- está garantizado por un sistema legislativo y político de total imparcialidad que protege al individuo y a sus derechos de otros indivudos que pretenden arrebatárselos. Veámos el texto de Locke en este sentido:

"Para comprender qué es el derecho al poder político y cuál es su verdadero origen hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se encuentran por naturaleza, que no es otro que un estado de perfecta libertad para ordenar sus acciones y disponer de sus pertenencias y personas según consideren conveniente [...]

Es también un estado de igualdad, dentro del cual todo poder y toda jurisdicción son recíprocos, sin que nadie tenga más que otro [...]

Ahora bien, pese a que se trata de un estado de libertad, ello no quiere decir que sea un estado de absoluta licencia; pues, aunque el hombre que se halla en tal estado disfruta de una libertad incontrolable para disponer de su persona o posesiones, con todo, carece de libertad para destruirse a sí mismo o cualquiera de las criaturas que le pertenecen [...]." (3)

De esta forma, lo que Locke propone es un contrato entre individuos que acuerdan un modelo de sociedad donde existe una separación de los poderes ejecutivo y legislativo para y por el bien de todos -existencia de un bien común-. A esto lo llamarán más adelante Contrato social. El modelo que nace de esta posición ético-política es una sociedad de individuos libres, iguales e independientes y que tienen a su principal enemigo en la tiranía que quiere abolir la libertad, la vida y el derecho a poseer hacienda de cada persona. Los ciudadanos, para regular los mecanismos de poder, debían poder expresar su voz en elecciones y organizarse en un parlamento.

Ya dentro del periodo de la Ilustración y siguiendo el pensamiento de Locke, encontramos al jurista y filósofo político francés Montesquieu (1689-1755), considerado el fundador de la sociología y autor de la obra El espíritu de las leyes. Montesquieu hereda de Locke parte de su liberalismo y desarrolla aun más su teoría social. Mientras el filósofo inglés planteaba la separación de los poderes ejecutivo (gobierno) y legislativo (parlamento), Montesquieu va más lejos y también propone la separación del poder judicial (tribunales). Este planteamiento supone la base constituyente y esencial de las democracias occidentales y el estado de Derecho.

También, como Locke, defiende un ideal político donde se auna la máxima libertad del individuo con la necesaria autoridad política que medie en el cumplimiento de los derechos y deberes de los ciudadanos con imparcialidad. Sin duda alguna el liberalismo político de Montesquieu produjo grandes cambios en el mundo y fue el germen de movimientos como la Revolución Francesa y la emancipación de las colonias norteamericanas y latinoamericanas.

Adam Smith (1723-1790) y el liberalismo económico

La moderna ciencia económica tiene en Adam Smith, filósofo y economista inglés, a su principal fundador. La teoría económica del pensador, en los últimos tres siglos, solo ha encontrado oposición en el marxismo y en las doctrinas económicas de otro británico, el economista John Maynard Keynes (1883-1946) que fueron seguidas por las políticas social-demócratas y que intentan establecer un sistema económico de libre mercado regulado en parte por el estado para proteger los derechos esenciales de las personas.

Pero vayamos al origen de estas ideas.

Habíamos dicho anteriormente que los pensadores griegos inspiraron a los renacentistas de los siglos XV y XVI, y que éstos hicieron lo propio en pensadores liberales como John Locke y Montesquieu, los cuáles acabaron subvencionando en parte la posición filosófica -que la hay- y credibilidad en este terreno del economista Adam Smith, ya que su doctrina económica busca, como ocurría con los griegos, renancentistas y los primeros liberales, el bienestar de la sociedad. Sin embargo, los medios para alcanzar ese noble fin son algo distintos a sus predecedores, algo menos humanistas. El liberalismo económico propone fomentar el interés personal, la competitividad y el rechazo a cualquier intervención del estado en su aplicación, por lo rechaza una autoridad reguladora externa al sector económico. Esto conlleva, por un lado, la creación de un nuevo poder, el económico. Y dos, que el tipo de gobierno promovido por el liberalismo político, no va a ser autoridad sobre el económico, ya que, opina Smith, esta regulación se produce gracias a los propios mecanismos del propio sistema y a una mano invisible que hace las veces juez, legislador y ejecutor de unas normas en el ámbito económico.

Así, el bienestar social para Smith tiene que ver, en su mayor parte, con riqueza y propiedad, es decir, con el máximo nivel de producción de bienes que la gente necesita y quiere. El sentido que Smith le da al concepto propiedad es distinto al que le daba Locke. Así lo entendía John Locke:

"Y no le falta razón -al ser humano- cuando procura y anhela unirse en sociedad con otros que ya lo están o que tienen el propósito de estarlo, para la mutua preservación de sus vidas, libertades y haciendas, a todo lo cual me vengo refiriendo con el término general propiedad." (4)

Por lo tanto, encontramos en Smith una variante del liberalismo político y que llamamos ecónomico.

La propiedad, y más adelante, el capital -en el capitalismo- se convierten en el motor para el desarrollo de la sociedad, y el ser humano, aunque supuestamente beneficiario de ese desarrollo, pasa a un segundo plano ya que se confía más en lo tangible, los bienes que el individuo posee, que en lo intangible, su intelectualidad, moral y capacidad de organización política, una posición, dicho sea de paso, antropológicamente pesimista. Esta ausencia de humanismo en el sentido clásico de la palabra y su excesiva confianza en el desarrollo material y una regulación casi mística basada en esa mano invisible, han provocado desde temprano desigualdades entre los individuos, injusticias éstas dificiles de conciliar dado que el liberalismo económico insiste, pese a todo, en la no intervención externa, en este caso la que proviene del estado.

Y aqui hay un elemento importante: el dirigismo del estado, que el liberalismo económico declara como su principal oponente. Es cierto que para Adam Smith el estado de su tiempo prácticaba un despotismo desmesurado, no era el estado democrático que hoy conocemos. Con todo, el primer liberalismo nos dice que la libertad del individuo y la defensa de sus intereses debe estar regulada por una autoridad representada por tres poderes en un gobierno democrático y parlamentario: ejecutivo, legislativo y judicial. No obstante, esta regulación al liberalismo económico no le interesó ni en tiempos de los gobiernos déspotas ni con los primeros gobiernos democráticos a partir de la Revolución Francesa. Esta posición pronto encontró detractores en distintos movimientos sociales como el marxismo que paradógicamente, pedía la misma libertad individual e igualdad social que el capitalismo pide desde una posición teórica. Esos derechos fundamentales de las personas, asegura el marxismo, se ven vulnerados en favor de intereses económicos individuales y corporativos.

El despotismo del viejo mundo pasó a manos de las grandes empresas y corporaciones que llegaban a ser opresivas con sectores de la población y contradecían las propias bases del liberalismo. El liberalismo económico o también llamado capitalismo -término acuñado por Karl Marx- rechazaba la intervención estatal en favor de unas jornadas de trabajo más justas, ya que esto frenaría el desarrollo empresarial, dominado por las clases altas de la sociedad. Así, con la llegada de la revolución industrial y los avances técnicos, el capitalismo industrial se impuso como el principal motor de desarrollo de las naciones con graves costes sociales para la clase trabajadora. Jornadas laborales de 16 a 18 horas, la insalubridad y peligrosidad en el trabajo e incluso la explotación infantil se justificó en favor del desarrollo económico.

Ya en el siglo XX, al capitalismo se opusieron en la práctica dos movimientos: el marxismo, antítesis del capitalismo, desarrollado teóricamente por Karl Marx y Friedrich Engels en el siglo XIX y que comenzó a aplicarse en Rusia tras la Primera Guerra Mundial, y las tesis del liberalismo político y la social democracia que defendían la necesidad de mecanismos de control sobre las desigualdades creadas por el sistema capitalista a raiz de la crisis de los años treinta y que se basaban en las teorías económicas de J.M. Keynes, economista que volvía a los principios básicos del pensamiento liberal de Locke, Montesquieu y demás ilustrados.
En Estados Unidos, el New Deal de Franklin D. Roosevelt reestructuró el sistema financiero para prevenir movimientos especulativos como los que provocaron el crack del 29 y en Europa, sobre todo, trás la Segunda Guerra Mundial, el estado creó un seguro por desempleo y el sistema de Seguridad Social dando comienzo la Estado de Bienestar.

Sin embargo, los partidarios del capitalismo revisaron sus planteamientos y crearon una nueva nueva corriente que se llamó Neoliberalismo.

Neoliberalismo

Sociólogos y economistas como August von Hayek (premio Nobel de economía en 1974) nutriéndose de la sociología de Durkhein y el individualismo metodológico, propusieron que la intervención del estado en los aspectos económicos debía reducirse a mínimos y que la libertad debía estar por encima de la igualdad. El mercado y sus leyes, hipóteticamente justas y objetivas, se encargarían del bienestar de la sociedad. Esta posición, sobre todo en Estados Unidos, echó por tierra los avances sociales y derechos universales como la sanidad dejaron de serlo. Pronto, sobre todo trás la caída del comunismo, el Neoliberalismo se convirtió en el único sistema socio-económico con cierta credibilidad. Este hecho fue aprovechado por sus defensores para establecer un pensamiento único que denostaba cualquier otra iniciativa económica. La social democracia vió sus aspiraciones socio-liberales agotadas y en la primera década del tercer milenio, el neoliberalismo volvía a dejar a la intervención reguladora del estado bajo mínimos y permitía al sistema financiero campar a sus anchas.

Sin embargo el capitalismo neoliberal, a causa de la trágica caída del sistema financiero mundial en los últimos años por la falta de regulación, recurre, en contra de sus principios, a papa estado para que intervenga en la economía de mercado y avale al sistema financiero.

Este último párrafo puede ser excesivamente crítico pero hay que pensar en las consecuencias que millones de personas están sufriendo a causa del descontrol y la avaricia de los poderosos, sin olvidar el hecho de tener que escuchar constantemente lecciones de los neoliberales sobre cómo se deben hacer las cosas. Con un dedo impositor les dicen a los estados: reduzcan el gasto público, establezcan los salarios en función de la productivad, reduzcan los impuestos a las empresas...y con otra mano receptora recogen los avales del estado para sanear sus cuentas y continuar con su actividad económica y mantenimiendo el status de sus altos ejecutivos que difícilmente pueden justificar sus grandes haciendas por el volumen de trabajo que realizan. En resumen, ya no solo hay más libertad para los culpables de la deblacle socio-económica sino financiación pública.

¿Hay soluciones a esto? Las constituciones democráticas tienen al estado como garante para que la libertad y la justicia reine en una sociedad. Ese es el deber de la democracia real que debe perder ese prejuicio absurdo a plantear iniciativas públicas como una eficaz, independiente y dinámica Banca Pública al servicio del ciudadano. Hacerlo sin miedo, pese a las acusaciones rancias que puedan derivarse de ello y no caer en la sensación irracional de que crear un banco público es retroceder en el desarrollo económico de un país o afiliarse a una especie de nuevo comunismo soviético. Sin ir más lejos, en el sector de la banca internacional privada ya existen iniciativas democráticas, liberales y serías como el Banco Triodos, el sistema de microcréditos de Muhhamad Yunus y otras entidades bancarias que combinan beneficios, desarrollo y ética. Y funcionan, y crean trabajo, proporcionan desarrollo y encuentran un equilibrio entre principios e intereses.

Vayamos cerrando nuestra argumentación y volvamos de nuevo a los principios del liberalismo primero y terminemos este artículo con algunas proposiciones que nos lleven a una conclusión lógica.

Si el liberalismo primero buscaba el bienestar social basándose en el respeto a la vida, la libertad y el derecho a la hacienda, como proponía Locke, tendríamos, en una sociedad plenamente liberal, esos derechos cubiertos.

Si el liberalismo económico y el capitalismo aseguran, corrigiendo al liberalismo primero, que una mano invisible se encarga de conseguir ese bienestar social sin que sea necesaria la intervención de un estado democrático, esos anhelos liberales de bienestar y justicia también deberían cumplirse en una sociedad capitalista.

Si el respeto a la vida, a la libertad y a la hacienda para la mayoría no se cumplen en una sociedad capitalista y es en beneficio de unas elites similares a los déspotas de antiguos regímenes, entonces los defensores de las teorías y la praxis del liberalismo económico capitalista deberían, sencillamente, reconocer sus errores, asumir que hay conceptos en su teoría socio-económica que son erróneos y que provocan más injusticia que justicia, y hacer las reformas necesarias para que las viejas actitudes déspotas del mundo feudal y moderno no se instauren definitivamente en la sociedad de hoy.

Escribiendo este último párrafo, conocimos a través de los medios que el FMI, hace unas semanas -febrero 2010- reconocía la falta de regulación y su capacidad para prevenir la crisis sistemática y financiera que sacude el mundo desde 2008. Mientras, los gobiernos -no sin recibir críticas de los neoliberales más radicales- intentan volver a afianzarse en posiciones Keynesianas, establecer un New Deal para el tercer milenio donde el estado y los gobiernos elegidos por el pueblo recuperen la autoridad necesaria para que, como defendía el filósofo liberal Jonh Locke, las personas tengan aseguradas en régimen democrático la vida, la libertad y el derecho a la hacienda, a lo que venía refiriéndose como propiedad.

Próximo artículo: Marxismo, socialismo y comunismo

Notas

(1) Aristóteles, Política, Libro SEXTO cap. XI, XII y XIII, Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid 1997,2007, p. 187-196)
(2) Segundo ensayo sobre el gobierno civil, cap. IX § 123-127 (Dos ensayos sobre el gobierno civil, Espasa Calpe, Madrid 1992, p. 293-294)
(3) Segundo ensayo sobre el gobierno civil, cap. II § 4-6 (Dos ensayos sobre el gobierno civil, Espasa Calpe, Madrid 1992, p. 205-207)
(4) Segundo ensayo sobre el gobierno civil, cap. IX § 123-127 (Dos ensayos sobre el gobierno civil, Espasa Calpe, Madrid 1992, p. 293-294)