Sentido relativo

Adormilado, aletargado, prisionero de ese momento o casi momento del día en qué uno empieza a vivir, ese in-pas del tiempo entre el sueño profundo y la vida del despierto. En su caso, sentado en el lavabo. Ni siquiera pudiendo abrir los ojos aún y desplomado como si acabara de recibir un disparo mortal intentaba activar su cerebro y, así, poder encontrar un motivo ilusionante o motivador para decidirse a iniciar el vuelo hacía un día más en su mediocremente apasionada vida.

Es extraña la sensación o incluso el sentimiento agridulce que provoca el despertar. Para algunos subconscientes se refleja cómo la rabia o el enfado por no poder seguir en ese estado idílico que traspasa lo materialmente real y para otros, en cambio, se refleja cómo el fin de un proceso vital que permite tener el cuerpo lleno de energía y poder gastarla en mayor o menor medida. Él odiaba dormir. Realmente no odiaba dormir cómo acción en si, sino que odiaba la necesidad de dormir para poder continuar viviendo. No comprendía y no podía asimilar la realidad del sueño, que es que ocupa prácticamente la mitad de nuestras vidas, y eso le provocaba (junto con la descontrolada necesidad de analizar todo cuánto ocurría y todo cuánto podía ocurrir) una enorme dificultad a la hora de concebir el sueño que le tenía en vilo constantemente (algunos días podía llegar a estar 4 o 5 horas en la cama sin ser capaz de dormirse aún estando muy cansado y sintiéndose adormecido).

Esa mañana, seguía sentado en el lavabo cuándo ya habían pasado casi quince minutos desde que se sentara, y eso no era extraño pues en algunas ocasiones se había quedado incluso dormido por varios minutos. Como de costumbre, buscaba algún artículo en el periódico que le llamara la atención y, sobretodo, que le alentara a afrontar el día con ánimo y alegría. Solía tener la esperanza de encontrar el notición del día, el héroe del año que con su valiente hazaña había salvado la vida de sus vecinos o el joven deportista que con gran desparpajo había dejado alucinando a todos, pero la realidad (nunca tan fiel a sí misma) es que todos los días aparecían noticias devastadoras y desastrosas en todo el mundo. Ese día no sería diferente.

Niño sirio ahogado

Al llegar a la sección internacional, una imagen de gran tamaño (si se compara con las dimensiones habituales de las imágenes en los periódicos) le explotó en la cara como un bofetón o como un pellizco que rompe tu estado de confort. En ella, se veía el cuerpo de un niño de no más de 3 años tumbado boca abajo en la orilla de una playa con la cabeza apoyada justo en la línea que separa el mar de la arena, dónde las olas llegan y deciden volver. El pequeño tenía los brazos pegados al cuerpo en posición de reposo y se deducía una cierta inclinación del peso hacía adelante por la propia pendiente de la superficie. ¡Estaba muerto! Por el tamaño de la imagen se podía ver una fracción del rostro que no había quedado enterrado en la arena (pues la acción de las olas con la moldeante arena húmeda durante algunas horas habían semienterrado al pequeño). Era tal la inocencia de ese rostro.Parecía calmado, tranquilo, relajado. La paz inconsciente de la ignorancia típica de los niños se reflejaba en su máxima intensidad en el rostro del infante. Ninguna mueca, ningún signo de sufrimiento ni dolor marcaban su imagen y eso bombardeó su mente a través de sus ojos. Se trataba del hijo menor de una familia de cinco hermanos que huían de las guerras del Este hacía la paz del Oeste, cruzando los tormentosos mares que separaban ambos territorios con una barcaza en muy mal estado llena de hombres y mujeres que dejaban atrás toda una vida y una historia para dar a sus hijos un mejor mundo dónde vivir. Ese mundo empezaba justo en las costas dónde el pequeño falleció. Eso fue demasiado intenso y al fijar su mirada en la cara del niño no pudo aguantar la impresión y le saltaron algunas lágrimas involuntarias. Era tan inmensa y potente el alma de esa fotografía que no necesitaba explicación o análisis alguno. Quedó completamente paralizado y los pensamientos que le invadieron no le permitieron ni leer el artículo.

No paraba de imaginar la situación con los padres del niño viendo a su pequeño perder la vida. ¿Cómo uno puede afrontar tal situación si sólo imaginándola se le corta la respiración y siente una presión en el pecho indescriptible? ¿Cómo es posible mantenerse de pie frente al cuerpo sin vida de tu propio hijo? ¿Qué acto de locura o delirio no sería comprensivo si uno tiene que ver cómo un hijo muere? Preguntas similares le invadían la mente iniciando un estado de ansiedad y nerviosismo del qué no tenía el control. Pensaba que es imposible vivir sintiéndose culpable de haber embarcado a un hijo en un largo y peligroso viaje para ofrecerle un mejor mundo y que no haya podido siquiera conocer dicho mundo por perecer en el camino. No podía ni quería entender el porqué de la fuerza vital del ser humano que le permite superponerse a todos los exámenes y pruebas a las que la vida le somete, aunque eso implique la muerte de un hijo.

De repente, como si de la salvación de ese traumático momento se tratara, en su mente apareció su padre. Su padre era un carpintero reconocido y un hombre muy bien considerado por la gente de la ciudad dónde vivían, pues siempre había sido una persona honrada y poseía una gran capacidad de atracción hacía las personas con las que interactuaba. Tenía un discurso un tanto progresista que desentonaba con su carácter conservador (por su educación católica y disciplinada) y era muy pragmático. Eso le hacía creer mucho en sus ideas y en la veracidad de estas (si lo que uno piensa es aceptado y contagiado a los demás, eso se entenderá cómo la prueba de que ese pensamiento esta cerca de la verdad). Aún así, él y su padre no tenían la mejor de las relaciones. Solían discutir constantemente de la forma en que discuten dos personas con ideas propias y reticencias hacía el otro, haciendo cómo que se escuchaban mutuamente y defendiendo cada uno su postura como si de una competición se tratara. Incluso había muchas ocasiones en que cualquier analista de debates hubiera asegurado que los dos defendían el mismo pensamiento aunque la apariencia en perspectiva fuera de posturas totalmente opuestas. Él era consciente de que la situación con su padre seguía los cánones naturales del ser humano respecto a la relación padre e hijo y, aún así, no era capaz de controlar los sentimientos de rabia e impotencia que le provocaban esas discusiones y eso le hacía enloquecer al verse irreconocible. Pero cuándo la imagen de su padre apareció en su mente de forma involuntaria y provocada por las fuertes emociones que le causó la noticia, sintió una poderosa sensación de alivio y la energía placentera de ese sentimiento le recorrió todo el cuerpo cómo si se inyectara una vacuna contra la preocupación y la solución recorriera sus venas eliminando a su paso todo rastro de temor. Eso le desconcertó aún más.

Él poseía un nivel empático enorme. Era tal la empatía que le generaban sus vivencias que la sentía hacía todos los animales, todos los seres vivos, incluso hacia los objetos materiales. Si esa casi obsesión por empatizar con todo se suma al relativismo absoluto cómo concepto básico por el que se regía su vida, es comprensible que fuera una persona sin ninguna creencia o verdad absoluta que dirigiera su paz. Por ese motivo y con voluntad para que fuera así, defendía que cada elemento, en cada espacio temporal determinado y en cada contexto concreto debía afrontarse cómo único e irrepetible. Por muchos antecedentes, recuerdos o enseñanzas que se tuvieran en cuenta para analizar o afrontar un hecho no existía ninguna verdad o realidad previa a él ni ningún futuro previsible, o eso creía. A partir de esas pautas, él adivinó que la enseñanza (por ejemplo la de su padre con él mismo) o la educación no debían existir cómo arma social de poder para controlar, dirigir o proteger una persona o un conjunto de personas, sino que debía ser un elemento más de aprendizaje y adaptación para quién ejerce dicha enseñanza. Es decir, en el ejemplo de la educación que un padre ejerce con su hijo no debería tenerse en cuenta sólo al hijo cómo elemento vacío de criterio y experiencia para decidir qué caminos tomar o qué valores y principios defender, sino que se debería entender también al padre cómo un ser vulnerable y indefenso con el enorme deber de transmitir unas ideas y conocimientos aún en construcción y con el temor de no considerarlos cómo verdades absolutas, aún. Por otro lado, todos los momentos vividos, en su momento estuvieron vacíos de toda experiencia y eso le hacía pensar que muy probablemente las personas intentan transmitir seguridad y razón cuándo se comunican porque esas posturas provocan confort y confianza a quién van dirigidas transformando su mentalidad dubitativa en consentimiento o aceptación, y si se trata de la comunicación entre un padre y un hijo esa reflexión adquiere aún más fuerza.

Solía diseccionar aquellos aspectos de la razón o de la acción humana que le provocaban inquietud cuando observaba a la gente, cuando interactuaba con esa gente o cuando su corazón bloqueaba su razón para hacerle sentir qué tan bueno o qué tan malo era algo. Con el paso del tiempo esa necesidad o esa adicción habían ido a más y le obsesionaba bastante el punto de no retorno al que siempre llegaba si intentaba comprender la esencia de todo aquello que analizaba. Esa mañana, cómo era de esperar por el fuerte impacto que causó en él la noticia del niño ahogado, llegó también a ese punto. Ese punto a partir del cuál el pensamiento racional ya no tenía jurisdicción y las sensaciones o sentimientos perdían todo su poder. Era capaz de comprender por que la razón humana trata de protegernos de lo desconocido, por tanto temido, y por que las emociones nos empujan a lo incierto, pero no podía llegar a comprender ese elemento natural o espiritual que domina todo a su paso y no da lugar a reproche. Esa dictadura mental y corporal que, en momentos concretos, nos obliga a paralizar nuestra mente y nuestro corazón y a actuar cuál robot pre programado. Desde hace siglos muchos pensadores definieron ese elemento como el amor, pero a él eso no le convencía. El concepto de amor que él había aprendido respetaba unas bases de felicidad y bienestar que no encajaban con el sentimiento al que se refería. Para él, ese elemento desconocido era tan poderoso como frágil, tan doloroso cómo plácido y tan absoluto cómo efímero. El poder de algo inexistente o metafísico que se apodera de todo cuánto se cruza en su camino le atormentaba hasta el punto de desquiciarlo o incluso deprimirlo. ¿Sería eso lo que ayudaría a un padre a ver morir a un hijo y que eso no supusiera su propia muerte?¿Por qué debe tener un sentido o un propósito la vida si cuándo nuestra fuerza mental y nuestra alma deben tomar el mando son dominadas por ese ente invasor? ¿Sería su padre víctima de esa energía al centrarse en lo que a él concernía? ¿Eran ambos invadidos por ella?

Cómo si de la salvación de la campana de un ring se tratara, la alarma de su reloj empezó a sonar avisándole de qué debía salir de casa camino al trabajo. Ese día, cómo muchos otros en su vida, había intentado encontrar ese aliento esperanzador que le impulsara a creer en la grandeza del mundo y de la vida, pero se había empotrado contra el muro de sus pensamientos y contradicciones. Se sentía traicionado por sí mismo. La clara consciencia que tenía de todo a su alrededor le impedía afrontar la vida con indiferencia y simplicidad y esa consciencia que no le permitía conciliar el sueño era la misma que le impulsaba a descubrir la verdad, su verdad, reflejando así la esencia de su ser. Un ser imperfecto en un mundo de imperfecciones.

(Julen A.G.)

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