Revista Cultura y Desarrollo

Revista hispanoamericana: artículos actualidad, cultura, ciencias, ecología y Derechos Humanos.



Manuel Ruiz Rico

Por Jesús Sordo Medina

Heráclito El oscuro


 

Capítulo VI

Pequeña biografía

Heraclito, el oscuroFoto: Wikipedia

Heráclito nació en Éfeso, ciudad situada en la costa de Asia Menor y cerca de Mileto, el lugar de procedencia de Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Su vida transcurrió aproximadamente entre el 544 y el 484 a.C. y lo que se sabe de él y su pensamiento nos lo han referido pensadores posteriores. éstos, aseguran que Heráclito, hijo de Elisión o Heracon (Los Filósofos Pleplatónicos, Frederich Nietzsche,  pp 69) perteneció a una familia aristocrática, vinculada con la realeza de su ciudad hasta el punto de ser considera heredera de los fundadores de la misma. No obstante, aunque era un buen político, parece ser que el pensador se desentendió pronto de sus responsabilidades socio-políticas y posibles derechos dinásticos para retirarse al Templo Artemisa Efesia [1] y dedicarse al pensamiento y al estudio de la naturaleza. Su abandono de la vida pública se debió a sus enfrentamientos con el Partido democrático y sus concepciones antropológicas, las cuales también eran, como su clase, aristócratas. No tenía mucho interés por el saber popular, al que consideraba incapaz de conocer los misterios del universo: «los ojos y los oídos son malos testigos para los hombres que tienen una alma bárbara»[2]. En este sentido, rechazaba la Democracia ya que prefería un gobierno de los «mejores» a un gobierno de «mayoría».

Su obra y pensamiento

Parménides, nacido en la Magna Grecia y contemporáneo de Heráclito, llegó a conocerle o, al menos, a su obra, la cual pudiera ser un libro al uso de los pre-socráticos y denominada Sobre la Naturaleza o, tal vez, toda su obra fuera un conjunto de dichos y proverbios que se fueron recogiendo con el tiempo. Lo que si ha quedado claro en la Historia de la Filosofía fue el carácter misterioso del pensamiento heracliteo, que se presta a distintas interpretaciones. Esto es debido al lenguaje, a veces críptico y oracular, que utiliza el de éfeso en sus sentencias. Tanto parecía esconder su pensamiento que fue conocido como Heráclito el Oscuro.

Tempo de Efesia Artemisa

Reproducción del Templo de Efesia Artemisa en Estambul, Turquía. Foto: Wikipedia.

Como el resto de los filósofos de Asia Menor, Heráclito también investigó el arkhé u origen y fuente que domina la naturaleza, el cual lo atribuyó al fuego: «Este mundo, el mismo para todos, ninguno de los dioses ni de los hombres lo ha hecho, sino que existió siempre, existe y existirá en tanto fuego siempre vivo, encendiéndose con medida y con medida apagándose».[3] Además de su preocupación por la naturaleza, como Anaximandro y Pitágoras, en Heráclito también encontramos la idea del eterno retorno, de un universo cíclico infinito. Es interesante anotar que por la misma época, en oriente, tanto en el hinduismo como en el budismo, la concepción del universo era muy similar. Independientemente de si los griegos conocían el pensamiento oriental, lo que si parece muy probable es que Heráclito sí conociera el de sus contemporáneos en Grecia.

Sin embargo, lo que ha trascendido en la obra del efesio es la dialéctica creada entre él y su contemporáneo Parménides. Dos posiciones antagónicas en varios aspectos. Si para Parménides, el universo es estático, eterno e inmutable, para Heráclito el universo está en un continúo devenir por lo que rechaza el ser estático y eterno para afirmar: «no es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado».

Para explicar la naturaleza impermanente del universo, Heráclito alude a la existencia de la contradicción en el interior de las cosas. Es decir, los opuestos se encuentran intrínsecamente en todo. De esta forma, la discordia en la naturaleza está servida, la cual cambia de forma, tamaño y densidad al igual que lo hace el fuego. Gracias a este último razonamiento, se entiende porqué Heráclito apunta al fuego como germen de todas las cosas. Aquí vemos una característica esencial de los pre-socráticos y es la de desarrollar sus argumentos ontológicos en base a sus observaciones. No poseían ni microscopios ni telescopios, sólo una agudizada capacidad de observación y un proto-método científico para llegar a una serie de conclusiones basadas también en una proto-lógica que, de forma más avanzada, desarrollará y categorizará Aristóteles como ciencia ciento cincuenta años más tarde.

Ahora bien, esa continua contradicción y cambio en todas las cosas, de forma paradójica, deviene en armonía. Y esa armonía se debe a que, según Heráclito, existe una Ley Primera y única que domina y dirige el movimiento en el Universo. A esta ley se la denomina Logos o Razón universal, la cual es común a todos nosotros y a todas las cosas conformando esa universalidad. No obstante, aunque está en todos nosotros se mantiene indescifrable para a los humanos: «Aunque esta razón existe siempre, los hombres se tornan incapaces de comprenderla, tanto antes de oírla como una vez que la han oído» [4] . Estas frases y otras recogidas por pensadores posteriores nos confirman esa posición aristócrata de Heráclito que no concede altura intelectual al común de los mortales y sí a él mismo, ya que asumimos que al descubrir y describir qué es el Logos o razón universal, Heráclito cuenta con acceso privilegiado al mismo.

En cualquier caso, ese concepto del Logos o razón será trascendental en la filosofía posterior. Será Platón, ciento veinte años después, quien lo explicará de forma más extensa a través de su alegoría el «mito de la caverna», donde el Logos, al estar por encima de la opinión y de los sentidos, sólo se descubrirá a las personas que se deshagan del poder de los sentidos y la doxa (opinión).

Notas

[1] Templo en honor de la diosa Artemisa (Diana para los romanos), considerado una de las 7 maravillas antiguas y posiblemente construido en el siglo VI a.C. aunque ya se han descrito restos anteriores de un templo del siglo VIII a.C.

[2] Fragmentos y números de Diels, Fragmente der Vorsokratiker, (R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: edad antigua, Herder, Barcelona 1982, 5ª ed., p.7-12).

[3] MOISéS GONZALEZ, Introducción al pensamiento religioso, Madrid, Tecnos, 2002,  pag. 52.

[4] MOISéS GONZALEZ, Introducción al pensamiento religioso, Madrid, Tecnos, 2002,  pag. 53.