En nuestro artículo publicado en agosto del año pasado nos centramos en el hecho de que un afroamericano en un país dominado económica y políticamente por la raza caucásica, optara a la presidencia de Estados Unidos. Este solo hecho ya supuso algo extraordinario desde el punto de vista antropológico y sociológico en la historia contemporánea de nuestro mundo.
A este primer acontecimiento, le sucedió uno aún mayor: Barack Obama accedió a la presidencia del país más poderoso del mundo. Todas las ambiciones y esperanzas de cientos de millones de personas encontraron una respuesta favorable a sus aspiraciones. En el nuevo terreno político de la nación americana y el espacio internacional irrumpió un político enérgico, audaz y con una asombrosa capacidad mediática. Esta irrupción-a la que no se debe negar, insistimos, su importancia desde el punto de vista antropológico-para sus detractores fue la de un elefante en una cacharrería.
Se ha cumplido un año desde que Barack Obama y su esposa Michelle se proclamaran, respectivamente, Presidente y Primera Dama de Estados Unidos. En este año es cierto que aun las principales promesas, las de más calado que hicieron del proyecto político de Obama un cambio real, no se han cumplido. A los dos días de convertirse en presidente, Barack firmó el cierre de Guantánamo, reconociendo su ilegalidad. La cárcel de Guantanamo aun sigue funcionando y parece que la tramitación de su cierre está atascada. Su proyecto para salir de la crisis, para producir empleo se ha iniciado pero aun no se obtienen resultados. Su reforma para una sanidad más solidaria está muy avanzada pero no terminada, y Afganistan e Irak son un verdadero problema para la administración estadounidense. Sin embargo estos y otros temas políticos-domésticos e internacionales- tienen sus orígenes y el hecho de cambiar de administración no exime a nadie de su responsabilidad. Criticar la acción política de Barack Obama es legítimo y necesario, pero para alcanzar una análisis satisfactorio no hay que olvidar a los responsables de caída del empleo y la crisis económica, tampoco el hecho de que si la reforma americana de la sanidad no sale adelante también será a causa de los votos negativos del partido republicano, y que los conflictos bélicos de Afaganistán e Irak, tuvieron sus promotores.
La reflexión de este artículo quiere incidir en el aspecto de que un gobernante que no puede llevar a cabo una promesa, desde luego, requiere crítica, pero al igual, y con la misma intensidad, se debe criticar a los poderes, individuos o políticos que impiden que esa promesa se lleve a cabo. La prensa conservadora internacional le achaca de no haber cumplido sus promesas, de no merecer el Premio Nobel. Sin embargo, estos críticos no gastan ni un minuto en criticar a los verdaderos responsales por las que esas promesas no se han llevado a cabo. Es decir, el proyecto político de Barack Obama no está alcanzando los objetivos prometidos, y no por incompetencia, sino porque la rama conservadora-digamos mundial-no lo quiere así en pos de la defensa de sus intereses. Por lo tanto, no es justo criticar solo lo que Obama no ha hecho y dejar sin critica alguna a los que impiden que lo haga. Hacer esto supone apoyar el belicismo, los intereses de las grandes multinacionales por encima del cambio climático, el rechazo de la ciencia para ayudar a salvar vidas, y otros postulados propios del conservadurismo más retrogrado. |