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¿Ser un país desarrollado es ser un país satisfecho?

Por Rosa Amelia Domínguez | 2011-11-29

Por Rosa Amelia DomínguezActualmente y a diferencia de los decenios pasados, en las Naciones Unidades se da prioridad al bienestar de la humanidad y a la reducción de la pobreza, un enfoque siempre defendido por el Informe sobre Desarrollo Humano. Estos informes siempre han sostenido que el propósito del desarrollo es mejorar la vida de las personas, proporcionando más oportunidades, libertad y dignidad. Pero ¿realmente en el siglo que estamos viviendo se está siguiendo con este enfoque modernista?, porque analizando las diferentes teorías del desarrollo pareciera que todavía se prima el interés capitalista sobre los seres humanos.


De hecho acabamos de decir que el fin último del desarrollo humano es un mayor bienestar social, entendiéndose éste como el conjunto de factores que participan en la calidad de la vida de la persona y que hacen que su existencia posea todos aquellos elementos que den lugar a la tranquilidad y satisfacción humana.

En este sentido, el cómo medir del bienestar económico ha sido objeto de intenso debate debido a la dificultad de definir qué debe entenderse por bienestar.

Convencionalmente se ha optado por tomar, como medida del bienestar, la cantidad de bienes materiales y servicios útiles producidos por un país, dividido entre el número de sus habitantes, lo que se conoce con el nombre de PIB per cápita o alguna medida directamente relacionada con ésta.

El PIB, o Producto Interior Bruto, es una baremo económico que se utiliza para conocer el nivel de riqueza de un país y su nivel de bienestar, contando con tres factores: productividad, el ratio de empleados por población o porcentaje de la población total que tiene un trabajo remunerado, y el número de horas anual trabajadas por cada empleado.

Este índice económico no obstante, a nuestro criterio, contradice muchas veces el bienestar emocional y psicológico de un pueblo. Es decir, no por el hecho de que un país sea rico y sus habitantes tengan el trabajo que siempre han soñado que les permita poseer bienes materiales, viajar, etc., no necesariamente la gente que en él vive, posee una vida plena y satisfecha.

Con respecto a la satisfacción que nos produce o no esa calidad de vida que se nos hace llegar como ideal, podemos mencionar el ejemplo de la empresa Silicon Valley que nos presenta Castells (1) en un estudio que se realizó en EEUU y que se refiere a las condiciones en que se desarrolla la “nueva economía”, global y organizada en red, y los cambios tecnológicos que ella implica, resaltando la importancia de las ciudades en el ofrecimiento de calidad de vida a los ciudadanos.

Al hacer una encuesta entre los empleados de esta empresa, la misma arrojó que el 80% de ellos están entusiasmados con su trabajo y con su salario, pero este mismo porcentaje manifestó su insatisfacción por el empleo, debido a que todos los días tenían que pasar largo tiempo atorados en un horrible tráfico para poder llegar a la empresa y eso se hacía insoportable (2).

También se quejaban del individualismo al que se han sometido y de que no tenían vida social. Pero, ante todo, su preocupación máxima era el daño que le ocasionaban a la familia por todo lo que dicho puesto de trabajo les exigía. Lo anterior refleja cómo estos factores no se contemplan al momento de la formulación de políticas públicas.

Recordemos que los países desarrollados son altamente tecnologizados. En los últimos tiempos, se ha pregonado que Internet resolverá muchos de los problemas de la vida. Uno de esos proyectos ha sido la Ciudad Digital. Pero no obstante, si se tiene Internet pero no se da a la sociedad todo lo que necesita, o sea una calidad de vida verdadera, el resultado siempre será una sociedad no productiva, no creativa, no innovadora.

Al final de cuentas, la gente termina manifestando su rechazo, no al trabajo, sino a la vida que deja de vivirse por realizar ese trabajo bien o mejor remunerado. Ese empleo que según te permitiría cubrir todas tus necesidades de forma plena, aún las sociales.

De los elementos de la calidad de vida, yo resaltaría la satisfacción, ya que puede que una persona sea rica pero a la vez muy desgraciada, y no encuentre sentido a su existencia, permaneciendo inconforme con lo que posee y lo manifiesta en el trato que da a quienes le rodean y a su entorno. De hecho se ha inclinado la balanza a estudiar la relación entre la riqueza económica y la felicidad.

Según Alex Rovira (3) “la conclusión, a partir de los estudios de diferentes expertos en el tema, era que el nivel de ingresos condiciona el confort y el bienestar, pero que está débilmente relacionado con la felicidad declarada ”. Lo anterior lo afirma debido a la observación que hace del ambiente que vivimos actualmente, en donde analizando la actitud del ciudadano de hoy cuando se le pregunta ¿cómo le va en la vida?, pocos son los que afirman convincentemente que su situación actual es buena y agradable. El cree necesario analizar esta situación ya que si esto es válido en lo individual, cabría hacerse la reflexión sobre qué ocurre con lo colectivo.

Este autor opina que le problema radica en que en el presente se disponen de muchos indicadores económicos que miden la “salud” de la “riqueza global”, pero son muy pocos los indicadores que se utilizan habitualmente o que, incluso son divulgados en los medios de comunicación y que relacionan esa riqueza global con el estado de ánimo de las personas que la construyen y viven en ella.

Principalmente por esta razón y desde nuestro punto de vista, el PIB de un país no es un índice definitorio para asegurar que sus habitantes sean personas totalmente realizadas y satisfechas con lo que les ha tocado vivir. Aun así, es obvio que el tener las necesidades materiales cubiertas ayuda a afrontar la vida en mejor forma, pero no por eso la gente llega a sentirse satisfecha.

Aquí podemos mencionar el dicho antiguo que afirma que el dinero no trae la felicidad. Esta afirmación que pareciera no tener importancia en el mundo económico pero si en el ambiente cotidiano, ha despertado interés debido a los problemas mundiales que estamos viviendo. Esto es de suma importancia para los países que según, todavía no son desarrollados y para aquellos que aspiran a serlo.

Es muy interesante preguntarnos, pero sobre todo, saber si realmente el desarrollo que se pregona y al cual deberían tomar como ejemplo los países no desarrollados, es realmente sostenible y beneficioso.

Por lo tanto y para terminar nuestra reflexión, ¿valdrá la pena que los países “pobres” -entre comillas porque al final tal vez ellos son los ricos- descuiden lo que todavía les queda en mayor número y grado, sus recursos naturales y todavía aún, lo más importante, sus valores? Es urgente que los hacedores de política internacional y que al final de cuentas son quienes dirigen las economías mundiales, tomen otros indicadores que permitan retratar de forma veraz, el estado emocional de los miembros de una sociedad y así poder hablar de un verdadero desarrollo humano que impacte al mundo, sobre todo a los que menos tienen.

Notas:

(1) Manuel Castells. La Ciudad de la Nueva Economía. Papeles de Población, enero-marzo, número 27. Universidad Autónoma del Estado de México. Toluca, México. Pp. 207-221.[consultado el 3 septiembre de 2011].

(2) Conferencia pronunciada en el Salón de Ciento del ayuntamiento de Barcelona, el 21 de febrero de 2000, en el acto de clausura del Máster “La ciudad: políticas proyectos y gestión” organizado por la Universidad de Barcelona y dirigido por Jordi Borja.

(3) Álex Rovira. La felicidad interior bruta. 06/08/2006 http://www.elpais.com/articulo/portada/felicidad/interior/bruta/elpeputec/20060806elpepspor_10/Tes [consultado el 3 julio de 2010]


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