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Más allá de la muerte: los destinos post mortem en la cosmovisión azteca

Por Germán Fregolent | 2011-11-29

Por Germán Fregolent

Desentrañar e interpretar el enigma de la muerte ha sido una tarea central para el pueblo azteca. Sin duda es un tema que preocupa al ser humano como especie, pero en esta sociedad se expresa de manera característica en un sinfín de pictografías, poemas, cuentos y relatos. Su simbología es compleja, su interpretación aún más.


Luego de la muerte, las esencias o entidades anímicas de los difuntos se dispersaban hacia diversos lugares. Específicamente la teyolía (1) se canaliza hacia los distintos destinos post mortem en función del género de muerte. (2) Me interesa particularmente aquí esbozar una pequeña reseña acerca de estos diversos destinos asignados al ser humano en esta cultura. Excepto en el caso de los niños pequeños (su destino se encuentra sesgado por la edad), para los demás se presenta una especie de clasificación de los tipos de muerte. El motivo del fallecimiento indica el camino hacia alguno de los lugares divinos…

Podemos distinguir cuatro especies de muerte: los que mueren sacrificados y las mujeres que mueren realizando su primer trabajo de parto; los ahogados o fallecidos por enfermedades relacionadas con el agua; los niños pequeños; y, finalmente, los que mueren de cualquier otra forma. Antes de seguir su camino hacia alguno de los lugares destinados, las almas deben pasar por las garras de Tlaltecuhtli, figura dual devoradora de cadáveres, lo cual marca el cambio hacia una nueva forma. El sujeto es “comido” por la tierra para luego renacer y continuar así el tránsito hacia el lugar al que estaba destinado: el cuerpo o las cenizas quedarán en la tierra alimentando al dios, mientras la teyolía sigue el camino hacia su morada final. Así, todos los seres humanos debían ser devorados: “nadie escapaba, pues, de las grandes fauces del señor de la tierra”. (3) Como vemos, la defunción es a la vez final y principio: nacimiento y muerte se encuentran íntimamente ligados, forman parte de la misma esencia.

Los hombres que perecen en la guerra o acaban sus días terrenales sobre la piedra de sacrificios reciben el honor de acompañar al Sol (Tonatiuh) abriéndole el camino en su periplo diario, desde el levante al cenit. Las mujeres guerreras y las que no sobreviven su primer parto (mocihuaquetzque) habitan el rumbo occidental del universo, el cihuatlampa; relevan a los guerreros a mitad de camino para acompañar a Tonatiuh desde el cenit hasta el poniente. La parturienta se consideraba una guerrera ya que el parto se asimilaba a un “combate”, a la captura de un enemigo en batalla. Ambos habitan el Tonatiuh Ilhuícac, “Casa del Sol”. También en este lugar residían los comerciantes que servían de espías-guerreros. (4) Acompañar al Sol para luchar contra las fuerzas de la oscuridad les tomaba 80 días; luego de cuatro años se convertían en aves de rico plumaje para libar las flores tanto en la tierra como en el cielo. (5) De aquí que los colibríes sean los mensajeros que conectan el mundo de los vivos con el de los muertos.

Tlalocan

Tlalocan

Los sujetos que mueren ahogados o por enfermedades relacionadas con el agua, los leprosos, sarnosos, bubosos, gotosos e hidrópicos van al Tlalocan, paraíso de Tlaloc, dios de la lluvia y la fertilidad; relacionado con el agua mora en el este. En el espacio simbólico azteca, a este punto cardinal le corresponde la exuberancia vegetal y animal, la riqueza y la abundancia. Era un lugar de “muchos regocijos y refrigerios, sin pena alguna; nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes, y calabazas”. (6)

En tercer lugar encontramos el Chichihualcuauhco, “representado por un árbol nodriza que tiene hojas de las que mana leche para alimentar a los infantes muertos prematuramente”. (7) Allí residían los niños de brazos que no consumían el maíz (naturaleza muerta) y por lo tanto no habían sido contaminados por la esencia de la muerte. Desde allí, esperaban su turno para renacer. (8)

Tonatiuh

Tonatiuh

Los demás seres, es decir las personas fallecidas de vejez, de muerte natural, por accidentes o por enfermedades no relacionadas con el agua, sin importar su clase social, edad o sexo, van a residir al Mictlán o “lugar de muertos”, donde habitan Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl. Se concebía como un lugar yermo y espacioso, oscuro, sin ventanas. La teyolía permanece cuatro días en el occiso antes de emprender su viaje al inframundo; luego comienza el largo y peligroso camino que toma cuatro años. Según Matos Moctezuma esto es lo que tarda el cuerpo en descomponerse para quedar sólo el esqueleto; es, ni más ni menos, el tiempo que le toma a Tlaltecuhtli devorar la carne y la sangre de los cadáveres. (9) En ese camino los difuntos deben afrontar ocho peligros para llegar al noveno piso del inframundo: deben atravesar “ocho escarpadas montañas y ocho desiertos abrasadores, sortear una serpiente que se atraviesa en su camino, y hacer frente al glacial viento de obsidiana” (10). Finalmente, debían cruzar el rio Chiconahuapan , para lo cual eran ayudados por un pequeño perro que era sacrificado para acompañar al difunto. Es importante aclarar que el viaje al Mictlán no representa específicamente un descenso “vertical”, como podríamos imaginar de antemano, sino un regreso hacia el norte, lugar de origen ancestral de la etnia azteca. Es sabido que los grupos nómadas de las planicies del norte de Mesoamérica migraron hacia el sur en oleadas sucesivas, hace unos 1200 años, con el objetivo de alcanzar tierras menos hostiles. La vida sedentaria y la abundancia natural, además de una nueva vida, los esperaban. El lugar de origen (simbólico) de los aztecas, Aztlán (11), se ubica en el norte; por lo tanto el viaje post mortem al Mictlán, camino religioso y mágico, plagado de adversidades, constituye un retorno, una reintegración al origen ancestral de la comunidad (12)

Para leer más…

•  Arqueología Mexicana, núm. 102, México, 2010.
•  MATOS MOCTEZUMA, Eduardo, La muerte entre los mexicas, TusQuets Editores, México, 2010.

MATOS MOCTEZUMA, Eduardo, Vida y muerte en el Templo Mayor, FCE, México, 2003.

•  LÓPEZ AUSTIN, Alfredo y Luis MILLONES, Dioses del Norte, Dioses del Sur, Ediciones Era, México, 2008.
•  ESPINOSA PINEDA, Gabriel, “La variante nahua de los dioses mesoamericanos” en Enciclopedia Iberoamericana de Religiones n° 7, Editorial Trotta, Madrid, 2008.
•  DUVERGER, Christian, “El sentido del sacrificio” en La flor letal. Economía del sacrificio azteca , FCE, México, 1983.

Notas

(1) La teyolía, que reside en el corazón, es una de las tres entidades anímicas principales de los seres humanos según esta cultura; las otras dos son el ihiyotl, que reside en el hígado y el tonalli, que reside en la cabeza.
(2) MATOS MOCTEZUMA, Eduardo, La muerte entre los mexicas, TusQuets Editores, México, 2010, p. 137.
(3) Ibíd., p. 151.
(4) SALAS CUESTA, María Elena y Jorge Arturo TALAVERA GONZÁLEZ, “Una visión de la vida y la muerte en el México prehispánico”, en Arqueología Mexicana, núm. 102, México, 2010, p. 23.
(5) MATOS MOCTEZUMA, Eduardo, La muerte entre los mexicas… op. cit., pp. 152-155.
(6) Ibíd., p. 163.
(7) Ibíd., p. 177.
(8) SALAS CUESTA, María Elena y Jorge Arturo TALAVERA GONZÁLEZ, “Una visión de la vida y la muerte en el México prehispánico”… op. cit., p. 23.
(9) MATOS MOCTEZUMA, Eduardo, La muerte entre los mexicas… op. cit., p. 172.
(10) DUVERGER, Christian, “El sentido del sacrificio” en La flor letal. Economía del sacrificio azteca, FCE, México, 1983, p. 368.
(11) No está demostrada la existencia histórica del lugar. Las excavaciones arqueológicas no han logrado ubicar hasta el momento su paradero, lo cual abre el interrogante acerca de su existencia empírica, aunque no afecta su evidencia real como construcción simbólica.
(12) DUVERGER, Christian, “El sentido del sacrificio”… op. cit., p. 368.




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