Jesús de Nazaret y la mujer en el mundo antiguo
Revista iberoamericana sobre actualidad, cultura, ciencias, ecología y Derechos Humanos.

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Jesús de Nazaret y la mujer en el mundo antiguo

Por Jesús Sordo Medina | 2011-03-16

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Aunque las opiniones y reflexiones pronunciadas por Jesús las conocemos en forma de parábolas y siempre con un tono muy poético, conociendo la sociedad de su tiempo y la doctrina judaica en torno a la mujer, hay pasajes del Nuevo Testamento que inciden y corrigen mucho maltrato hacia la mujer.



Los filósofos griegos y la mujer

Los filósofos de la Helade, a lo largo de la historia, han aportado grandes reflexiones y categorizado prácticamente gran parte del pensamiento. Han iniciado grandes movimientos sociales, fundamentado la construcción de civilizaciones y dando cobertura ideológica y antropológica a sistemas socio-económicos como el liberalismo y el marxismo. Pero no todo han sido luces. En los entresijos de la filosofía, hay posiciones injustas que tienen que ver con el trato y la opinión sobre la mujer.

Vayamos a los primeros filósofos: los griegos. Y de éstos, rescatemos a Aristóteles y su ambigua opinión sobre la moral de la mujer y su posición en la sociedad:

“La naturaleza ha creado en ella dos partes distintas: la una destinada a mandar, la otra a obedecer, siendo sus cualidades bien diversas, pues que la una está dotada de razón y privada de ella la otra. Esta relación se extiende evidentemente a los otros seres, y respecto de los más de ellos la naturaleza ha establecido el mando y la obediencia. Así, el hombre libre manda al esclavo de muy distinta manera que el marido manda a la mujer y que el padre al hijo; y sin embargo, los elementos esenciales del alma se dan en todos estos seres, aunque en grados muy diversos. El esclavo está absolutamente privado de voluntad: la mujer la tiene, pero subordinada; el niño sólo la tiene incompleta. Lo mismo sucede necesariamente respecto a las virtudes morales. Se las debe suponer existentes en todos los estos seres, pero en grados diferentes, y sólo en la proporción indispensable para el cumplimiento del destino de cada uno de ellos.” (1)

El elitismo de Aristóteles, que lo hereda de sus antiguos, se manifiesta al reflexionar sobre el poder doméstico y de paso, ubicar a la mujer desde el punto de vista moral y social. El de Estágira, otorga a la mujer virtudes éticas y voluntad, pero todas de menor calidad que las del hombre que, según la naturaleza, es un ser más cualitativo y a él le toca mandar, mientras que la mujer ha nacido, de nuevo según su naturaleza, para obedecer.

Sin embargo, en su Ética a Nicomaco, aunque casi no incluye a la mujer en prácticamente ningún capítulo, en el que corresponde a las afecciones de familia, se muestra mucho más razonable:

“La especie humana cohabita, no sólo para tener hijos, sino también para sostener todas las demás relaciones de la vida. Bien pronto las funciones se dividen, puesto que las del hombre y las de la mujer son muy diferentes, y los esposos se completan mutuamente, poniendo en común sus cualidades propias. Ésta es, precisamente, la causa por qué en esta afección se encuentran, a la vez, lo útil y lo agradable. Esta amistad puede ser la de la virtud, si los esposos son ambos probos, proque cada uno de ellos tiene su virtud especial, y por esta razón pueden complacerse mutuamente." (2)

No obstante, ningún miembro de la trinidad filosófica antigua -esto es Sócrates, Platón y Aristóteles-, en el terreno de la igualdad de sexos, estuvieron a la altura ni produjeron cambios sustanciales a nivel social. Algunos analistas alegan en favor de estos pensadores que el tema de la mujer, y en general, el orden social en la Helade, como en el resto del globo, era un tema que no admitía grandes cambios y que proponer deshacer ese orden por otro donde la mujer pudiera compartir gobierno junto al hombre en ciertos ámbitos de la sociedad, por ejemplo, la familia, llevaría a meterse en problemas. Así, Aristóteles, en su libro Política, aunque no ataca con dureza a la mujer, viene más o menos a ratificar, con su planteamiento, lo que la sociedad de entonces mantenía: la inferior naturaleza de la mujer.

Las doctrinas orientales

Se dice que en oriente la matriarcalidad se impuso en tiempos inmemoriales aunque la realidad social, en cuanto a la mujer, fue muy semejante a las de otras latitudes y, excepto en contados casos, el hombre siempre gobernó y organizó la sociedad disponiendo de la mujer a su antojo. En el oriente chino, la tierra de los pensadores Confucio y Lao Tse, la sociedad no era muy diferente a la griega, persa o babilonia y la mujer no tenía una presencia importante en la sociedad. De hecho en las Analectas confucianas y en el Libro del Tao, no se habla mucho de la mujer y si se hace, lo es de una forma negativa, como el propio Confucio asegura: “Las mujeres y los criados son las personas de más difícil trato: si se los trata con confianza se hacen atrevidos, pero se disgustan si se los trata con despego.” (3) Aquí podemos ver, como se agrupa a la mujer y al siervo para, como pensaban también los griegos contemporáneos al pensador chino, demostrar su naturaleza inferior al hombre libre.

También en oriente pero en la zona sur del gran continente asiático, donde de desarrollaron el hinduismo y el budismo, el trato a la mujer no fue mucho mejor. El sistema de castas hinduísta no le favoreció en nada y el budismo, aunque acabo permitiendo la ordenación de monjas, no hizo una defensa clara y elaborada de la mujer centrándo toda su doctrina más en el ser humano sin distinción de sexo.

Más hacia el oeste, en el medio oriente gobernado por babilonios, persas, iranios o asirios, el estatus familiar era mononuclear y el hombre disponía por el resto de la familia.

Aunque es cierto una mayor matriarcalidad en el oriente -occidente es patriarcal- eso no llevó a la sociedad a replicar esa adoración y respeto hacia la mujer sino que mantuvo el régimen familiar originado en las primeras comunidades humanas.

Pensamiento judío

Anterior a los pensamientos griego y oriental, es la doctrina judía, tan antigua como la historia de occidente y medio oriente y que ha fundamentado en parte nuestra sociedad occidental.

Al principio del Libro del Génesis (4) la primera referencia a la mujer dice así: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Donde hombre se refiere a la especie humana, que comprende hombre y mujer. Pero fue en la forma en la que Dios creó a Adam y Eva y en el establecimiento de su relación donde aparece la desigualdad entre hombre y mujer dejando a ésta última como sierva del primero: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus embarazos, con dolor darás a luz los hijos, tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de tí.” (5).

Con este precedente y contando con la radical patriarcalidad del mundo antiguo, va a ser muy díficil que los siguientes doctores del Antiguo Testamento puedan abogar por la igualdad entre mujer y hombre. En Levítico, Jehova se dirige a Moisés: “Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer, cuando conciba y dé a luz un hijo varón, quedará impura durante siete días; como en los días de su mestruación será impura.” (5). Más adelante, en Deuteronomio, observamos la magistratura que se ejerce contra el adulterio, al que el Antiguo Testamento presta especial atención: Pero si resulta ser verdad que no se halló virginidad en la joven, entonces la sacarán a la puerta de la casa de su padre, y la apedrearán los hombres de su ciudad hasta que muera.” (6)

No obstante, encontramos en el Antiguo Testamento algunos pasajes positivos o al menos que alaban la figura de la mujer. Por ejemplo al final del libro de Proverbios salomónicos (7) se honra a la esposa de manera explícita. Al mismo tiempo, la actitud de la adúltera a la que también se la llama ramera y necia es condenada absolutamente, advirtiendo al hombre de la tentación que puede sufrir ante su manipulación. También hay que destacar los Cantares del Rey Salomón de Israel (8) donde se muestra una liberalidad ajena a la realidad antigua judía en la relación pre-conyugal. No obstante, la vida en comunidad de la población judía, como las restantes de su tiempo, tuvieron un comportamiento totalmente misógino.

Pero va a ser en el seno de la comunidad judía donde aparezca un claro defensor de la mujer en la sociedad, y ese será Yeshua Ben Youssef.

Jesús, el Nuevo testamento

Aunque las opiniones y reflexiones pronunciadas por Jesús las conocemos en forma de parábolas y siempre con un tono muy poético, conociendo la sociedad de su tiempo y la doctrina judaica en torno a la mujer, hay pasajes del Nuevo Testamento que inciden y corrigen mucho maltrato hacia la mujer. En Mateo 9. 19-22, la actitud de Jesús en relación a las mujeres impuras, o sea con la mestruación, es definitiva:

Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. En esto, una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto, por que se decía a sí misma: con solo tocar su manto, seré salva.
Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo:
- Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”

Vemos como, de un plumazo, el Rabí echa por tierra todo el prejuicio acerca de una mujer impura para los judíos. Hay que pensar que hablamos del siglo I en una sociedad donde una mujer en esas circunstancias no podía tocar a nadie y si lo hacía, se consideraba que contaminaba a la otra persona u objeto que tocara y eran reprendidas por ello. Ante esta situación, Jesús reacciona con normalidad, rechaza totalmente la creencia judía acerca de la impureza de la mujer en ese estado.

Más adelante en Mateo 27. 55. se dejá claro la relación del profeta con las mujeres en su ministerio: Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndolo”. Lo cual acaba con otra prohibición de la ley judáica, que las mujeres puedan aprender las escrituras y por lo tanto, el Nuevo Testamento incide en el derecho a la educación de la mujer, un pensamiento muy moderno.

Otro ejemplo de la liberalidad del galileo en la formación de las mujeres se da en Lucas 10. 38. Jesús es recibido por las hermanas de Lázaro, Marta y María, y ésta última se sienta y atiende la enseñanzas del profeta, ante lo cual Marta se opone. Jesús se lo explica a Marta: “- Marta, Marta, afanada y turbada está con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria, y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

También, las primeras personas que ven a Jesús trás la resurreción son Maria Magdalena y otras mujeres y no sus discípulos, que han corrido a esconderse por miedo a ser reconocidos como seguidores del profeta.

Aunque con el Concilio Vaticano II y el nuevo Derecho Canónico aprobado por Juan Pablo II en 1983 se ha avanzado en este sentido, es importante destacar el trato discriminatorio que la propia Iglesia Católica da a la mujer, la cual, según el Derecho Canónico, no puede ser portadora de la palabra, es decir, en el catolicismo, las mujeres no pueden ser párrocos, obispos o Papas, y sus intervenciones en las homilias se reducen a la lectura de pasajes o colaboración bajo la tutela de un sacerdote. Y esto, según los propios Evangelios Canónicos, es un error, ya que fue Jesús de Nazaret quien convirtió a varias mujeres en las primeras portadoras de su palabra una vez resucitado, o lo que es lo mismo, en Ministras de su palabra. Así ocurre con María Magadalena :

“- [...] ve a mis hermanos y diles: 'Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a veustro Díos'.
Fue entonces Marí Magadalena para dar a los discípulos la noticia de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas".
San Juan, 20,17-18.

No obstante a todo esto, los propios discípulos de Jesús no dieron credibilidad a las palabras de las mujeres que acompañaban a Jesús, algo que el nazareno les recriminó. Pese a aquella regañina, el catolicismo, durante su historia, no ha logrado desembarazarse del prejuicio sociológico hacia la mujer.

Pero sin duda el episodio más importante y que define la actitud y la nueva concepción que Jesús tenía de la mujer, es el pasaje de la mujer adúltera (10) donde se enfrenta a una costumbre inquebrantable en la ley de Moises: la lapidación a una adúltera. La respuesta de Jesús es contundente: - El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Estableciendo con esta declaración una igualdad total entre hombres y mujeres en cuanto al pecado, es decir una igualdad radical en el terreno humanístico y cívico.

Este hecho confirma el respeto que Jesús sentía por la mujeres, a las que trata incluso mejor que a los hombres. En ningún pasaje, Jesús amonesta a ninguna mujer por sus acciones, ni siquiera a la adúltera, a la que por el contrario le muestra toda su comprensión y apoyo. Es ese un pensamiento tan moderno que solo ha sido asumido en las últimas décadas en los países occidentales. Ni filósofos del mundo antiguo, medieval o moderno, ni políticos o religiosos a partir de Jesús han llegado a la altura moral del Galileo en la cuestión de la igualdad de sexos. Por eso, más allá del sentimiento religioso encontramos en el comportamiento de Jesús un auténtico tratado ético-jurídico sobre los derechos de la mujer. Cada parábola, cada acción relatada por los evangelistas y que tiene a una mujer como protagonista, posee una intención nítida: incluir en una nueva versión de la doctrina judáica una reflexión profunda y moderna sobre la condición de la mujer para generar una nueva concepción antropológica de la misma.

Notas:

(1) ARISTÓTELES, Política, Libro PRIMERO cap. V , Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid 1997, 2007, pp 59
(2) ARISTÓTELES, Ética a Nicomaco, Libro OCTAVO cap. XII , Editorial Espasa Calpe S.A., MÉXICO 1962, pp 229-230.
(3) CONFUCIO, Los Cuatro Libros, Libro XVII, YANG HUO, XXV, Editorial Paidós, BARCELONA 2002, pp 154.
(4) Génesis, 1. 27. Biblia Reina Valera, Revisión 1995, Sociedades Bíblicas Unidas.
(5) Génesis, 3. 16.
(6) Levítico, 12. 2.
(7) Deuteronomio, 22. 20.
(8) Proverbios, 31. 10-28.
(9) Cantares, 1.
(10) San Juan 8. 1-11.

Fuentes:

JUAN ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Juan Arias - Maeva Ediciones, Madrid, 2002.
CONFUCIO, Los Cuatro Libros, Libro XVII, YANG HUO, XXV, Editorial Paidós, BARCELONA 2002.