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Deus caritas est, De la metafísica de San Juan a los principios democráticos.

“Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. 4,21 Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.”

Revisado el 3 de mayo de 2009

“La persona existe exclusivamente en la realización de sus actos” (1)

“Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. 4,10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. 4,11 Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. 4,12 A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. 4,13 En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. 4,14 Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. 4,15 Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. 4,16 Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. 4,17 En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. 4,18 No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; 4,19 quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. 4,20 Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. 4,21 Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.”

Deus caritas est. Extracto de la Epístola de San Juan.

Hay algo en la doctrina cristiana original que está claro para todos. El Nuevo Testamento es nítido en este sentido: Dios es amor y solo el que ama a su prójimo conoce a Dios. Además, también queda claro que Dios es principio y fin de todo (Alfa y Omega), de lo que se deduce, que el amor también forma parte de todo, especialmente de las relaciones humanas. Si Dios está en todo y en todos, el amor también y se convierte así en el arje del mundo humano.

Esta reflexión está argumentada, de forma concreta, por el evangelista Juan en su Epístola Universal. Además, en esta carta y partiendo del hecho metafísico de que Dios es Amor, de forma intencionada se fundamenta toda la metaética, ética y moral cristianas ya expuestas en los evangelios. Además el Deus caritas est sirve, en último extremo, para corregir los errores en el comportamiento individual o en la propia hermenéutica sobre los textos del Nuevo Testamento que concluyen en la elaboración de la Doctrina de la Fe:

“Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros”.

Dios nos envío a Jesús como prueba de su amor hacia nosotros. El profeta vino a purgar nuestros pecados a través de un cruel calvario. A cambio, se nos pide que amemos a Dios amándonos unos a otros. Es un pacto y la moneda de cambio es Jesús. Este aspecto es capital para comprender la metafísica y ética cristianas. El que solo ama a Dios y no ama al otro, no ama a Dios. Dios no acepta un amor unilateral (persona y divinidad) sino multilateral (“ama a tu prójimo como a ti mismo” y, a la vez y en consecuencia, a Dios). Por lo tanto, olvidar al otro, al prójimo, tratarle mal y con violencia es no-amar a Dios, aunque se observen de forma disciplinada todo tipo de prácticas religiosas. Es un hecho normativo: para amar a Dios, solo existe la fórmula de amar al prójimo:

“Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. 4,21 Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.”

Sobre este tema ya hay mucha literatura crítica. Todos conocemos las incoherencias evidentes en las que han caído las diversas iglesias cristianas durante su historia. Incongruencias motivadas, especialmente, por su adhesión al poder y a sus estructuras y la justificación y el uso de la violencia (física y psicológica) para la defensa de su fe. Sin embargo también hay que recordar que, las inglesias cristianas, especialmente la Católica, han perdido perdón por algunos de sus comportamientos erróneos.

Ahora bien, ¿pareciera que estamos asegurando que todo ha caído en saco roto? Difícilmente. Las iglesias están compuestas por individuos y cada uno de ellos es una conciencia independiente que lleva a la práctica sus creencias de diversa forma, lo que, por otro lado, no deja de otorgar un carácter paradójico a la comunidad cristiana en general. También es cierto, que durante los últimos años, las posturas de la iglesia católica en relación a temas tan importantes como el enfrentamiento entre fe y razón (génesis del universo, evolución del hombre, etc.) y el papel de la mujer en la sociedad se han moderado aceptando los postulados de la ciencia y los derechos cívicos-democraticos.

A pesar de la adaptación(conciliación) de las iglesias cristianas a(con) la racionalidad laica-democratica, al día de hoy, aun existe un gran debate alrededor de temas como son el aborto, el concepto de familia para parejas homosexuales y otros aspectos antropológicos, humanísticos y morales que la sociedad democrática parece asimilar con mayor facilidad.

Este debate se ejemplifica observando como desde su posición super-estructural en la sociedad, la Iglesia Católica, desaprueba moralmente la homosexualidad. La Iglesia Católica, en relación a la aceptación de personas homosexuales (y su visión general sobre la homosexualidad) en sus seminarios, deja clara su posición:

“Por lo que se refiere a las tendencias homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y con frecuencia constituyen, también para ellos, una prueba. Tales personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza; respecto a ellas se evitará cualquier estigma que indique una injusta discriminación. Ellas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en sus vidas y a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que puedan encontrar.

A la luz de tales enseñanzas este Dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay.

Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, ésas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal”. (2)

Por otro lado, y en favor de la doctrina católica, en torno a temas relacionados con el sexo, como la prostitución, según la pastoral del I Encuentro Internacional para la liberación de las mujeres de la calle, (3) la Iglesia se posiciona en contra de la prostitución y en defensa de la dignidad de las mujeres que la ejercen a las que se considera un colectivo bajo las garras de la explotación a lo que hay que responder con la denuncia y la ayuda para salvaguardar su dignidad y sus derechos la opresión.

Otro de los temas que en las últimas décadas ha enfentrado la moral laica-democratica con la cristiano-democrática es el tema del aborto. Para casi la totalidad de las confesiones religiosas del mundo, no hay espacio para la interrupción voluntaria del embarazo, justificando esta normativa, también en la mayoría de los casos, en el hecho de que un óvulo cuando es fecundado ya debe ser considerado como una nueva vida. Obviamente, esta respetable opinión es meta-biológica, va más allá de lo que puede ilustrarnos la ciencia biológica sobre la vida. Desde la óptica jurídico-democrática, se intenta regular, y no prohibir (sobre todo a las personas que abortan) el aborto, de tal forma que sin superar unas determinadas semana, la ley y servicios sociales pueden permitir que realice un aborto.

Así, y en relación a estas y otras cuestiones, hemos de preguntarnos: ¿cómo encajar el Deus caritas est con la realidad que supone la homosexualidad, el aborto y la transexualidad enfrentada la opinión que sobre ella mantienen las iglesias cristianas? ¿Hemos de pensar que la hermenéutica cristiana ha interpretado mal los textos bíblicos? ¿Es la propia Biblia la que nos advierte de lo anti-natural de, por ejemplo, las inclinaciones homosexuales? ¿existen, tal vez, contradicciones entre distintas partes de los textos bíblicos en la reflexión sobre los comportamientos sexuales lo que hace a los libros sagrados perfectibles? o ¿se arrastra históricamente un prejuicio hacia sectores marginados de la sociedad que ahora se intentan erradicar de la doctrina cristiana?

Es un hecho probado, sobre todo en la Iglesia Católica, que la sexualidad, más que una virtud en el ser humano, se entiende como un problema e incompatible con la espiritualidad. Sin ir más lejos, en el sacerdocio católico, el celibato es obligatorio para poder llevar con coherencia el ministerio, condición que ha mantenido la Iglesia Católica desde tiempos antiguos (4). Ya en los primeros concilios del cristianismo se impone el celibato a los distintos representantes de la iglesia en honor, no solo a los apóstoles, sino al propio Jesús Cristo. El papa Pablo VI en su carta “Sacerdotalis Caelibatus” justifica el celibato en base a tres razones: su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

¿Cuál es entonces, acerca de los temas hablados, la posición por la que deben optar las iglesias cristianas?

Sin pretender apropiarnos del concepto cristiano Deus caritas est sino otorgarle el valor que tiene, hay que decir que este ha traspasado los muros de la doctrina religiosa y penetrado en el mundo laico; aunque no hay que olvidar que sobre el amor y sus beneficios ya se reflexionó en Grecia (eros) y antes, en la sabiduría oriental (compasión budista y amor universal en Mo ti, entre otros). De cualquier forma, podríamos afirmar que en nuestro mundo moderno hay una ejemplificación política y social del Deus caritas est. No es la Ciudad de Dios, que la iglesia, por fallos propios y presión externa, y tras muchos intentos, ha sido incapaz de construir, sino las democracias constitucionales y sus principios. Éstas engloban y asumen todos los sinónimos fundamentados en el amor: la tolerancia, el respecto, los derechos, la justicia, etc. aunque es bien cierto, y este es un elemento claramente diferenciador, que las teorías éticas laicas que buscan el bienestar individual y colectivo no tienen, finalmente, como fundamento de ese bien a Dios, sino unas ideas, conceptos y reflexiones metaéticas a priori iniciadas en la Grecia arcaica y clásica, desarrolladas por el derecho romano y promovidos por la Ilustración que, hay que resaltar, hereda del humanismo cristiano conclusiones capitales sobre la dignidad del hombre. Así, el Deus caritas est se ha extendido en nuestra civilización y ha encontrado una aplicación práctica en la democracia. Las democracias constituciones y las Declaración del Hombre y Declaración de los Derechos Humanos han llevado a cabo de forma más completa que las doctrinas sociales de las iglesias cristianas la premisa básica del cristianismo: el amor. Ante esto, pudiéramos alegar, a favor de estas iglesias, el hecho de que las confesiones cristianas han fallado en este aspecto solo en el pasado. Sin embargo, a la hora de adaptarse a las nuevas realidades, continúan teniendo problemas para enfocarlas apropiadamente sin caer o hacer caer a sus fieles en el prejuicio. Precisando aun más, la sociedad democrática moderna de hoy aborda mejor temas como son el divorcio, los matrimonios entre personas del mismo sexo, la transexualidad y la libertad de conciencia en el marco cívico de los derechos y obligaciones. Las democracias modernas logran constituir una sociedad de iguales, encontrando la forma de integrar a los sectores históricamente discriminados y desprotegidos no por pura compasión sino por el respeto a su dignidad inherente como personas.

¿A qué se debe el hecho de que las iglesias cristianas no puedan encajar las realidades de hoy en sus doctrinas?

Como expresábamos más arriba, las personas pertenecientes a grupos discriminados históricamente, sobre todo la comunidad homosexual y transexual, aunque puedan beneficiarse de la compasión cristiana no deja ser (esa compasión) una doble moral. Es decir, colocar a un ser humano en la anti-naturalidad y, al mismo tiempo, presentar respeto pleno a su dignidad se hace bastante difícil de conciliar. Pongamos un ejemplo de determinismo antropológico similar en nuestra historia. Durante el siglo XVIII, la antropología ilustrada nos hablaba de los pueblos salvajes: estados antropológicos primitivos en los que el propio mundo occidental se había encontrado en el pasado y que había abandonado a través del desarrollo científico-tecnológico y la educación. Pueblos primitivos a los que, no obstante, y a pesar de su sub-desarrollo, se les concedía la oportunidad de abandonar la barbarie si seguían el modelo de desarrollo sociocultural de la civilización europea. Bien, estas concepciones antropológicas compasivas de los ilustrados, en desuso en el mundo científico y humanístico de hoy, partían de un grave error, y era considerar a los individuos de otras poblaciones, y a priori, inferiores a nosotros, aun cuando se les concediera la posibilidad de cambiar y evolucionar para igualarse al hombre moderno.

Un tratamiento parecido mantiene la Iglesia Católica con la comunidad homosexual y transexual, a la que concede la posibilidad de corregir su errónea actitud por un lado, pero considerando que existe anti-naturalidad en sus tendencias sexuales. Pues bien, solo partiendo de una antropología de la igualdad se puede alcanzar una conclusión favorable para con la dignidad humana. Partir de un prejuicio en el plano biológico ya es mucho. Solo hay que esperar a que las premisas iniciales de anti-naturalidad traspasen un par de niveles de reflexión (de la encíclica a la misa dominical y, de ésta, al sustrato socio-cultural) para que el prejuicio quede naturalizado y se cosifique a un individuo por su tendencia sexual.

En segundo lugar, es un error el hecho definir radicalmente la ética y moral de una persona en función de su sexualidad. Actitud que ya no es solo una imprecisión antropológica sino que echa abajo toda la complejidad, riqueza y dinamismo del ser humano. En las relaciones inter-personales diarias y exteriores a la vida sexual privada, se producen encuentros y desencuentros. Hay personas que comparten unos valores similares, una visión de la vida parecida y afianzan una amistad basada en el respeto bilateral, sin que la condición sexual de unos y otros, se convierta en impedimento para consolidar esa amistad y consideración mutua.

Claro está, por lo tanto, que la condición sexual de una persona no elimina, ni siquiera tiene porqué condicionar su ética y moral. Y así, son los principios democráticos los que protegen los derechos de los sectores de la sociedad discriminados y argumentan en favor del respeto por la dignidad integra de los mismos.


Notas:
(1) Carlos Gómez (Ed.), “Doce textos fundamentales de la Ética del siglo XX”, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2002-2003. Max Scheler, “Relaciones de los valores “bueno” y “malo” con los restantes valores y con los bienes, pp. 125.
(2) www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/
rc_con_ccatheduc_doc_20051104_istruzione_sp.html

(3) www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/migrants/documents_1/
rc_pc_migrants_doc_20210605_Iinc-past-don-strada-findoc_sp.html

(4) www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/
rc_con_cclergy_doc_20070224_hummes-sacerdotalis_sp.html

Bibliografía
· Carlos Gómez (Ed.) , “Doce textos fundamentales de la Ética del siglo XX”, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2002-2003.

Internet.
http://www.vatican.va

Por Jesús Sordo Medina | 2008-07-15

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